El periodista independiente Albert Londres había embarcado en el Georges Phillipar en abril de 1932, en Shangai, para el viaje de regreso del primer crucero. Había pasado casi un año en Indochina, para una difícil y peligrosa misión, y su cuidadosamente libreta de notas estaba llena de informaciones que habrían despertado las iras del público contra aprovechados industriales de Londres, París y Berlín.
Millones de lectores de toda Europa estaban esperando y preguntándose que escandaloso tema escogería el famoso escritor para su nuevo y devastador informe. En su primer libro, La Ruta a Buenos Aires, publicado sólo tres años antes, había denunciado el tráfico vil de trata de blanca de los burdeles de Marsella y de Hamburgo a América del Sur. Esto le valió el odio imperecedero de los magnates del vicio franceses y alemanes.
Sin dejarse amilanar, Albert Londres siguió denunciando un tráfico parecido de muchachas europeas a las casas de placer de Shangai, y esto fue seguido de una investigación sobre el grupo terrorista que había asesinado al rey de Yugoslavia en suelo francés.
Ahora había terminado su comprometedor estudio del mortífero tráfico de armas en el Lejano Oriente, donde los ejércitos imperiales japoneses se estaban abasteciendo para una costosa guerra de agresión y los bandidos señores de la guerra chinos llevaban a muerte a sus propios paisanos en sangrientas batallas, para adquirir el dominio de vastas zonas de china y de Manchuria..
Rápidamente cundió el rumor entre los entusiastas editores europeos, de que Albert Londres volvía con un manuscrito que encendería una bomba bajo los pies de los millonarios europeos proveedores de armas, los Mercaderes de la Muerte.
Londres estaba tranquilamente instalado en su camarote, trabajando en las notas para su nuevo libro, cuando el trasatlántico hizo una breve escala en Saigón, donde recogió más viajeros. Con un total de ochocientos pasajeros, el trasatlántico hizo escala en Singapur, en Peneng, y en Ceilán, en ruta hacia el Mar Rojo, el Canal de Suez y el puerto francés mediterráneo de Marsella.
(El Trasatlántico George Phillipar)
En la noche del 15 de Mayo, Londres optó por no salir a cenar al comedor junto a los demás pasajeros, y se quedó trabajando solo en su camarote.
Alrededor de dos horas después de la medianoche, se hizo la voz de alarma al percatarse el oficial de guardia de que un camarote de pasajero de la cubierta D estaba ardiendo. Cuando examinó el camarote nº 5 de babor, advirtió que “no era un accidente local, sino un incendio que parecía ser general y muy propagado”. Pudieron comprobar que también ardía el número 7. Entre los dos camarotes, en el número 6, el escritor Albert Londres no se había enterado del drama. El capitán dio la orden de abandonar el barco.
Mientras bajaban los botes salvavidas, el radiotelegrafista transmitió una serie de mensajes de socorro. Pero la transmisión quedó súbitamente cortada cuando falló la radio y cesó la fuerza del generador, Siguiendo su bien ensayado procedimiento de urgencia, el radiotelegrafista abrió el armario sellado que contenía una buena cantidad de baterías de recambio…pero allí no había ninguna batería. Aún así la llamada de socorro fue interceptada y varios buques cercanos acudieron en su ayuda, logrando poner a salvo a casi la totalidad de los pasajeros.
El trasatlántico incendiado ardió durante tres días, volcando después y tardando unos minutos en hundirse. No se halló rastro alguno del cuerpo de Albert Londres, que había quedado atrapado en su camarote entre los dos súbitos e inexplicables focos del incendio.
Unos supervivientes dijeron que le habían visto deslizarse por la portilla de su camarote, sujetando su precioso manuscrito bajo el brazo.
El hombre que tantas cosas sabía fue incluido oficialmente en la lista de los ahogados.
Sus libretas y manuscritos se perdieron en el flujo y reflujo de las mareas del Mar Rojo.
La incógnita rodea la desaparición de Albert Londres. ¿Accidente o atentado?
La única persona a la que confió el contenido de su informe, la joven Lang Villar, murió en un accidente de aviación.
Y siete años más tarde, los ricos e implacables comerciantes de armas, a cubierto de la alarma que habría podido provocar la investigación inacabada de Albert Londres, cosecharon el fruto de sus formidables inversiones al verse toda Europa sumida en una guerra.
Bibliografía: Nigel Blundell/Roger Boar - Grandes crímenes sin resolver
El transatlántico Georges Phillipar era uno de los barcos para crucero mejor diseñado cuando fue botado por sus constructores franceses en los astilleros de Sr. Nazaire.
Se tardó casi dos años en equipar al barco de 17.300 toneladas para transportar mil pasajeros en suntuosos camarotes con ricos paneles y cómodo y eficaz acondicionamiento de aire. Y no se reparó en gastos para garantizar su seguridad con un sistema de matafuegos automáticos y los últimos aparatos contra incendios.
Sin embargo, el incendio queestalló en la cubierta D del trasatlántico en su primer viaje, un crucero por los mares de China, se propagó con terrible rapidez, matando a cincuenta y tres pasajeros y enviando el orgullo de la flota mercante francesa al fondo del Mar Rojo.
La comisión de encuesta de París que más tarde investigó el hundimiento del buque, no pudo encontrar pruebas sólidas de que un defecto de la instalación eléctrica hubiese causado el incendio o que éste hubiese sido accidental. Solo dejó un tentador y no concluyente indicio de que nos poderosos asesinos internacionales habían convertido el trasatlántico en una bomba incendiaria flotante, con el único objeto de matar a un pasajero muy importante, un periodista francés que participaba en el crucero.
Parte el 26 de febrero de 1932 del puerto de Marsella en su viaje inaugural con destino a Yokohama.
Después de dos meses de navegación, atraca en abril de 1932 en el puerto de Shangai, su punto de destino. Allí hace escala unos días y recoge a más pasajeros para tomar el viaje de regreso.
El trasatlántico hizo una breve escala en Saigón y Colombo, y recogió más viajeros, principalmente oficiales coloniales franceses con sus familias. Con un total de 518 pasajeros y 347 tripulantes a bordo, el trasatlántico hizo escala en Singapur, en Peneng, y en Ceilán, en ruta hacia el Mar Rojo, el Canal de Suez y el puerto francés mediterráneo de Marsella.
En la noche del 15 de Mayo, los pasajeros se reunieron en cubierta para una cena con baile bajo el bochornoso aire nocturno, admirando las luces centelleantes y saludando a la tripulación del petrolero Sovietskaya Nef, que pasó a menos de una milla a popa de ellos.
El buque francés Philippar George tenía un atractivo aspecto. Su primer viaje a Yokohama no tuvo retorno.
A eso de la medianoche, el capitán del Georges Phillipa, Antón Vic, se retiró a su camarote después de dar las buenas noches a los últimos comensales, que se quedaron en la cubierta iluminada por las estrellas, sorbiendo champaña helado.
Dos horas más tarde le despertó el oficial de guardia, que le anunció que un camarote de pasajero de la cubierta D estaba ardiendo. Cuando examinó el camarote nº 5 de babor, advirtió que “no era un accidente local, sino un incendio que parecía ser general y muy propagado”.
Al retirarse por el pasillo para dar el toque de alarma, el capitán Vic tropezó con la enfermera Ivonne Valentín, que le dijo a gritos que su camarote, el núnero 7 también estaba envuelto en llamas. Entre los dos camarotes, en el número 6, el escritor Albert Londres no se había enterado del drama.
Tratando en vano de detener el incendio, el capitán Vic ordenó que se cerrasen todas las portillas y se parasen las máquinas del trasatlántico. A los pocos minutos las llamas se habían propagado al puente y el capitán dio la orden de abandonar el barco.
Mientras bajaban los botes salvavidas, el radiotelegrafista transmitió una serie de mensajes de socorro. Pero la transmisión quedó súbitamente cortada cuando falló la radio y cesó la fuerza del generador, Siguiendo su bien ensayado procedimiento de urgencia, el radiotelegrafista abrió el armario sellado que contenía una buena cantidad de baterías de recambio…pero allí no había ninguna batería.
Los pasajeros se cubrían la cara con toallas mojadas para pasar entre el humo acre y cegador, y el capitán Vic y su tripulación organizaron serenamente la evacuación del buque. Todos los muebles flotantes que podían emplearse como balsas salvavidas fueron arrojados por la borda, y los aterrorizados pasajeros fueron ayudados a descender por la popa a las tibias y tranquilas aguas del mar.
La breve petición de socorro del barco había sido suficiente para atraer a una flotilla de rescate en su ayuda, incluidos el petrolero soviético, dos vapores británicos, un carguero japonés y otros dos trasatlánticos.
El salvamento de los que iban en los botes salvavidas o estaban agarrados a los maderos flotantes se llevó a cabo rápidamente y la mayoría de ellos estuvieron pronto a bordo de los buques que habían acudido en su ayuda. El trasatlántico incendiado ardió durante tres días, proyectando una columna de humo que podía verse desde una distancia de sesenta kilómetros. Cuando el Georges Phillipar volcó al fin, se hundió, el 19 de mayo de 1932, en un par de minutos.
(Dibujo perteneciente a la Marima Francesa)
En el camarote numero 5 viajaba el periodista Albert Londres, que había denunciado el comercio de esclavos, y la trata de blancas, apuntando a magnates del vicio franceses y alemanes y despertando su ira. Había pasado un año en Indochina, elaborando un estudio sobre el tráfico de armas y se dice que había recibido amenazas de muerte.
Había embarcado en abril de 1932 en Shangai, con destino a Marsella.
No se halló rastro alguno de su cuerpo, que había quedado atrapado en su camarote entre los dos súbitos e inexplicables focos del incendio.
Bibliografía: Grandes crímenes sin resolver - Nigel Blundell - Roger Boar
El 15 de diciembre de 1791, a la una de la madrugada, se extinguía en Viena la vida de uno de los mayores compositores de todos los tiempos, Wolfgang Amadeus Mozart.
El que en otros tiempos fuera uno de los músicos más admirados de la capital austríaca, y el primero en abandonar las comodidades del trabajo en una corte aristocrática al servicio de un patrón para arriesgarse a vivir única y exclusivamente de su arte, fallecía en la más absoluta miseria, con tan sólo 35 años, posiblemente como consecuencia de un fallo renal motivado por un episodio agudo de fiebres reumáticas, dejando tan sólo sesenta florines que no daban ni para un ataúd individual.
Enterrado una fría y lluviosa mañana en una fosa común del pequeño cementerio de Sankt Marx, en las afueras de Viena. Sus familiares sólo lo acompañaron un trecho del trayecto del cortejo que trasladó sus restos desde la catedral de San Esteban al cementerio de Saint Marx, donde el cadáver del compositor sería inhumado, con la única presencia en el lugar de los enterradores, en una fosa común donde cabían 16 cuerpos pues en aquella época estaban prohibidos los entierros en las iglesias por el olor insoportable que exhalaban los numerosos cadáveres depositados en las criptas en condiciones higiénicas deficientes. No quedó señal alguna del lugar donde fueron a parar sus restos.
Solamente había un testigo del sitio, el hijo del guardián del cementerio, quién años más tarde, cuando la fosa fue removida para albergar nuevos cuerpos, aprovechó para recuperar el cráneo del músico, aunque no se sabe dónde se conservó hasta 1842, cuando se hizo con él un grabador llamado Jakob Hyrtl. El grabador lo legó en 1868 a su hermano Joseph, un profesor de Anatomía que a su vez se lo mostró a su compañero de estudios Ludwig August Frankl, primer autor de una descripción documental detallada de la calavera. Hyrtl donó después el cráneo a la ciudad de Salzburgo, pero la valiosa reliquia desapareció poco después y no llegó a la ciudad natal de Mozart hasta 1902 dónde puede verse en la fundación de Mozarteum. Desde entonces ha sido objeto de investigaciones en numerosas ocasiones.
Coincidiendo con el 250 aniversario de su nacimiento, la ardua labor de analizar el ACN de este cráneo y el de algunos restos de los familiares directos del Mozart, entre otros los de su padre Leopold y su hermana Nannerl, una sobrina de Mozart, Jeanette, y a la abuela materna de ésta, Euphrosina Pertl para demostrar su autenticidad, discutida desde la misma fecha de su hallazgo. Además, la información genética extraída de dos pelos que supuestamente pertenecieron a Mozart también resultó ser distinta en cada una de las muestras capilares y no coincide ni con las pruebas a que fue sometido el cráneo ni tampoco a los restos de las presuntas parientes del compositor.
De esta forma, se dispone de cincopruebas de ADN que ofrecen distintos resultadoslos datos genéticos de la supuesta sobrina y la abuela, los provenientes de lo dientes del cráneo atribuido al compositor y los de las muestras capilares procedentes de dos mechones conservados en la Fundación Mozarteum.
La incertidumbre sobre la autenticidad de la supuesta calavera de Mozart es ya centenaria y tiene mucho que ver con las circunstancias de su fallecimiento, y el entierro sin testigos familiares de los restos del maestro.
Los dramas del espacio son desconocidos por la mayoría de las personas, y la única razón del silencio que los rodea es, sin duda, la de ocultar las verdaderas causas de los incidentes sufridos por varias cápsulas espaciales y la de no desnaturalizar la tranquilizadora imagen que el público pueda tener de la vida en el espacio.
Son numerosos los mensajes captados por radioaficionados desde la Tierra provenientes del espacio, mensajes angustiosos en los que se percibía claramente el terror.
Según los especialistas, se trataba de experiencias destinadas, sobre todo, a sondear las reacciones de los cosmonautas ante las dificultades que podían surgir en cualquier momento, y aprovechar la ocasión para comprobar los aparatos espaciales.
Sin embargo, fueron numerosas las desapariciones de cosmonautas, tanto hombres como mujeres,después de la captación de dichos mensajes.
Las circunstancias en que desaparecieron aquellos hombres y mujeres demuestran que las tripulaciones dieron el “gran salto” a sabiendas que tenían muy pocas posibilidades de volver a la Tierra sanos y salvos, o bien que unos acontecimientos imprevistos los hicieron desaparecer.
Los hermanos Judica Cordiglia captaron de pronto, el 28 de noviembre de 1960, un mensaje procedente del cosmos. Era un mensaje de socorro lanzado, sin error posible por un soviético. Días más tardes las autoridades soviéticas anunciaron que el Spunitk VI se había desintegrado en el espacio.
Dos meses después, el 2 de febrero de 1961, los aparatos de Turín registraron el ruido de un corazón que latía y una respiración ahogada. El célebre cardiólogo Doglioti trazó un cardiograma con aquellos sonidos. El 7 de febrero, las autoridades soviéticas anunciaron la desintegración del Spunitk VII.
Así, sólo en el espacio de algunos meses, la Unión Soviética había procedido con el mayor secreto al lanzamiento de dos cápsulas tripuladas, sin que se hiciera mención de estos cosmonautas anónimos, las primeras víctimas de la carrera espacial absorbidas por lo desconocido.
Si los mensajes no hubieran sido captados por los radioescuchas italianos y los servicios oficiales norteamericanos que lo corroboraron, jamás se habría sabido nada.
En efecto, seis cosmonautas se perderían así en el espacio, entre ellos un hombre y una mujer lanzados desde la base de Baikonur, junto al mar de Aral, el17 de febrero de 1961. La mujer había gritado con voz emocionada:
“¡Voy a cogerlo a apretarlo con la mano derecha. Mira por la ventanilla. Mira por la ventanilla. Ya lo tengo…!
La primera mujer del espacio debió de coger algo que flotaba en las cercanías de la cápsula. Pero las cosas se complicaron a causa de algo imprevisto. De repente el hombre exclamó:
“¡Mira, mira eso! ¡Allí hay algo. Si no volvemos, el mundo no lo sabrá nunca! Es difícil…
Algún suceso debió acontecer muy cerca de la cápsula que los había aterrado.
El 18 de mayo de 1961, es decir, unos meses más tarde, se captaron los mensajes de otros tres cosmonautas: dos hombres y una mujer. Los hombres se llamaban Chibotin y Dolgov.
“Todo se desarrolla de acuerdo con nuestros planes según las instrucciones ¿porqué hemos de continuar aquí?” – preguntó uno de ellos.
“Por favor tened más cuidado! Todo ha sido comprobado… - comentó otro.
Todas las preguntas y respuestas eran de tipo técnico y parecían “febriles”.
Después, el 14 de octubre, se captaron otros mensajes, que quedaron interrumpidos bruscamente.
El 20 del mismo mes, los dos radioescuchas italianos oyeron una voz débil que desgranaba palabras incomprensibles.
“Camaradas, no os lo podéis imaginar, esto es horrible…”
Este fue el último mensaje enviado a la Tierra por un cosmonauta soviético, que dos radioescuchasaficionados italianos lograron captar entre el 8 y el 12 de noviembre de 1961. El cosmonauta se llamaba Belokonev, y su cadáver debe reposar en una cápsula espacial, navegando en el silencio de los espacios interplanetarios.
“¡Atención, atención! No llevéis demasiado lejos los ensayos, porque podría ser peligroso…he tomado las fotografía… ¡qué maravilla!”
Belokonev volaba probablemente alrededor de la Tierra tomando fotografías. Pero el diálogo no había terminado aún.
“Todo está oscuro, muy oscuro. Sí, partículas pequeñas, minúsculas, de dos o tres milímetros.”
¿Había entrado Belokonev en un denso campo de partículas que se acumulaban en los alrededores del planeta? El cosmonauta debió de intentar coger unas muestras de aquellas partículas, pues se quejaba de que los mandos funcionaban mal.
“Lo he logrado. He tomado una muestra. Es una cosa extraña, rara, no tiene peso…”
Pero la tragedia se aproximaba…
“Las baterías están estropeadas. Los instrumentos ya no funcionan. ¡Oxígeno! Esto es horrible camaradas… ¡Cómo! ¿No puedo hacer nada? ¡Maldición, no lo consigo…! Es imposible… No puedo más, os lo aseguro, comprendedlo, comprendedlo…¡Soledad atroz, terrible…!
El hecho de que los instrumentos dejaran de funcionar después de haber entrado Belokonev en aquel campo de partículas prueba que existe una relación entre ambos henos y que hipotéticamente las partículas actuarían sobre la cápsula espacial como un magma de gelatina, bloqueándolo todo.
Base Espacial Baikonur
Catorce cosmonautas desaparecieron así, unos tras otros. ¿Fallos técnicos? Posiblemente sí, pero más tarde, como en el caso de Belokonev, debieron presentarse fenómenos desconocidos que provocaron la catástrofe.
Indudablemente el espacio no está tan realmente vacío como creemos.
Documentación: Desapariciones Misteriosas (Patrice Gaston – Investigador francés) Editorial Plaza y Janes.
La Batalla de los Dardanelos, tuvo lugar en la península turca de Gallípoli (también es conocida como la batalla de Gallípoli) y comenzó el día 18 de Marzo de 1915. Británicos y franceses se combinaron en una operación con el fin de conquistar la capital otomana de Constantinopla, actual Estambul. Dicha operación resultó un fracaso, y perecieron un millón de soldados por cada uno de los bandos.
Es difícil defender una cota bien defendida por el enemigo, sobre todo con una gran dificultad para operación anfibia, es decir, el apoyo logístico a las tropas desembarcadas.
Sin embargo, en la historia de esta batalla existen otros hechos que nada tienen que ver con las actuaciones bélicas, y que representan uno de los episodios más oscuros e inexplicables.
El 21 de agosto de ese año 1915, cuando las tropas aliadas combatían contra los turcos en la península de Gallípoli ocurrió un acontecimiento tan extraordinario que todavía se sigue desconociendo lo que exactamente lo produjo.
Mientras los obuses llovían por todas partes y las explosiones desgarraban el aire y destrozaban a los hombres, una columna de soldados se puso en movimiento hacia la cota 60, posición estratégica constituida por una pequeña elevación de terreno al sur de la bahía de Suvla, uno de los puntos más importantes de la península. El 5º Regimiento de Norfolk, enviado como refuerzo, estaba destinado a apoyar a las tropas Ansac, el cuerpo australiano y neozelandés, en su asalto contra la famosa cota 60.
Del total del regimiento, compuesto por unos mil soldados, solamente doscientos cincuenta hombres lograron aproximarse hasta la cota. Insensibles al estallido de los obuses que destrozaban a sus camaradas, “fueron rodeados por una especie de niebla, la cual reflejaba de tal modo los rayos del sol que los observadores de la artillería quedaron deslumbrados por su resplandor y no fueron capaces de proseguir su bombardeo artillero de apoyo”. Nunca volvió a vérseles ni nunca se volvió a oír hablar de aquellos doscientas cincuenta hombres y así lo precisaron los libros sobre la campaña.
El zapador Reichart, de la 3º sección de la primera Compañía del Cuerpo de Ingenieros Neozelandés, nacido en Matada, hizo un relato, firmado por otros dos testigos, a fin de buscar personas que también hubieran asistido al desarrollo del fenómeno.
Esta es su declaración:
“El día amaneció claro, sin nubes, a excepción de unas seis u ocho en forma de pan, todas exactamente iguales, que permanecían sobre la cota 60. Se observó que un viento del sur que corría a una velocidad de entre seis y siete kilómetros por horas, aquellas nubes no cambiaban de lugar ni de forma. Permanecían inmóviles, a una altura de unos sesenta grados vistas desde nuestro puesto de observación, situado a una altura de unos dieciséis metros, Otra nube, parecida a las anteriores y que mediría unos doscientos cincuenta metros de longitud, sesenta de altura y otros tantos de anchura, se encontraba también inmóvil, cerca del suelo y justamente debajo del otro gajo de nubes.
Esta última nube era extraordinariamente densa y parecía casi sólida. Todo esto fue observado por veintidós hombres del Cuerpo de Ingenieros neozelandés, entre los cuales me encuentro yo, desde nuestras trincheras, en una posición elevada sobre unos cien metros sobre la cota 60 y alrededor de dos mil quinientos metros al sudoeste de la nube que se hallaba cerca de la tierra.
Después de haber cambiado de lugar, esta extraña nube cubrió del todo el lecho de un torrente seco, entonces pudimos distinguir perfectamente sus lados y extremidades. Su color era gris claro, como el de las otras nubes.
Observamos como un regimiento inglés, compuesto por muchos centenares hombres, subía por este camino lleno de baches hacia la mencionada cota 60. Parecían ir a reforzar las tropas que en ella había. Cuando llegaron a la nube penetraron en ella sin dudar. Pero ninguno salió de allí jamás. Alrededor de una hora más tarde, después de que el último de la fila hubiese desaparecido en la nube, ésta, muy discretamente, se elevó del suelo y, como cualquier ora niebla o nube subió lentamente hasta unirse con las otras. Al mirarlas de nuevo, parecían “guisantes en sus vainas”. Durante todo este tiempo, el grupo de nubes había permanecido inmóvil, pero tan pronto llegó a su altura la que subía, todas juntas partieron en dirección norte hacia Bulgaria, En unos tres cuartos de hora todas habían desaparecido.”
El regimiento fue dado por “desaparecido”, es decir, por aniquilado, y a pesar de los esfuerzos de Inglaterra, que exigió su retorno a la patria al final de la guerra, tras la capitulación de 1918, Turquía respondió que no sabía nada de su existencia.
Cincuenta años después, durante una reunión conmemorativa de la Cuanz, (Comando Unido de Australia y Nueva Zelanda) tres de los soldados neocelandeses que vivieron el fenómeno relataron de nuevo este incidente, respaldados por documentos de la época que corroboraban que un batallón del regimiento Norfolk, el quinto, desapareció en Gallípoli durante un ataque. Sin embargo se quiso echar tierra sobre el asunto, alegándose por parte de las autoridades pertinentes, que los tres testigos, tal vez por el tiempo transcurrido desde entonces, cometieron bastantes imprecisiones en su narración., tales como que el hecho tuvo lugar el 12 de agosto, no el 21, y sucedió a 5 kilómetros del lugar que pensaban.
Al día de hoy, más de noventa años después, la desaparición del 5º Regimiento de Norfolk sigue siendo un misterio.
Documentación: Desapariciones Misteriosas (Patrice Gaston – Investigador francés) Editorial Plaza y Janes
Esta es una extraña historia, en la cual se relata como un bergantín goleta, fue descubierto navegando a la deriva y sin tripulación abordo, el 5/12 /1872 a la altura de la isla de Madeira.
No es el único caso de buques que aparecen sin tripulación, abandonados en medio del mar.
El 5 de diciembre de 1872, el vigía de la nave británica Dei Gratia avisto un barco que parecía tener problemas. Tres tripulantes bajaron la chalupa del Dei Gratia y remaron hasta el barco en peligro para ofrecerle ayuda. Treparon por la barandilla y llegaron a la cubierta; salvo por el sonido del viento en las velas y el inquietante crujido del maderamen, no se oía nada. Los marineros registraron el barco desde los mástiles hasta la bodega y lo encontraron en excelentes condiciones, pero no había ni un alma a bordo. La tripulación había desaparecido sin dejar rastro. El barco se llamaba Mary Celeste.
La desaparición de la tripulación de este barco es el elemento central de la larga historia de desgracias del Mary Celeste. Atraía la mala suerte como el imán atrae las limaduras de hierro. Los supersticiosos dirían que era yeta, y casi habría que darles la razón.
El Mary Celeste fue construido en 1860, en los astilleros de Joshua Dewis, situados en Spencer's Island, Nueva Escocia; fue el primer barco de un consorcio de constructores navales. Originalmente se llamó Amazon, y fue botado en 1861, el año en que comenzó la guerra civil norteamericana. Las tragedias empezaron poco después, cuando su primer capitán, un escocés llamado Robert McLellan, cayó enfermo y murió. Entonces asumió el mando un tal John Nutting Parker, quien capitaneó el primer viaje del Amazon, pero el barco tropezó con una encañizada de pesca cerca de Maine, sufrió daños en el casco y tuvo que volver a los astilleros para ser reparado. Mientras estaba allí se produjo un incendio, que costó el puesto al capitán Parker.
El Amazon cruzó por primera vez el Atlántico sin problemas, hasta que llegó al estrecho de Dover y choco con un bergantín. El bergantín se hundió, el Amazon tuvo que ser reparado de nuevo y su tercer capitán marchó en busca de otro puesto.
Después de las reparaciones y del nombramiento de otro capitán, el Amazon volvió a América y, acto seguido encalló cerca de CowBay, en la isla de Cape Breton, Nueva Escocia.
A partir de ahí, la historia del Amazon se vuelve algo confusa. Fue sacado de las rocas y reparado, pero parece que fue vendido varias veces. Varios de sus propietarios quebraron y ninguno de ellos obtuvo beneficios de su contacto con el barco. Finalmente llegó a las manos de J. H. Winchester & Co., consorcio de armadores de Nueva York. A esas alturas, el Amazon ya no se parecía en nada al barco que salió del astillero de Joshua Dewis. Había sido agrandado, llevaba los colores norteamericanos y por nombre Mary Celeste.
En algún momento de septiembre o a principios de octubre de 1872, el Mary Celeste atracó en el muelle 44 del East River de Nueva York, preparándose para recibir un nuevo cargamento y una nueva tripulación.
El Mary Celeste. zarpó el día 7 de noviembre de 1872 del puerto de Nueva York rumbo a Génova; estaba al mando el capitán Benjamin S. Briggs, la tripulación estaba compuesta de 7 hombres, e iba abordo, también la esposa de Briggs y su hijita de dos años. El buque transportaba 1700 barriles de alcohol comercial, por encargo de la firma H. Mascarenhas & Co, para aumentar la graduación alcohólica del vino.
El capitán de la nave
Su esposa y su hijita de dos años
Según lo que se pudo extraer del diario de abordo, la goleta zarpo el 7 de noviembre, no registrándose ningún hecho anormal hasta la última anotación, acaecida el 24 de noviembre, en esta se consigna que habían llegado a las Azores y que la noche siguiente al 24 se encontraron con mal tiempo. Luego el diario no registra más anotaciones, pero en la pizarra del puente (en donde se anotaban las distintas posiciones tomadas durante la singladura, antes de transcribirlas al libro de bitácora) figuraba que el "Mary Celeste" se encontraba exactamente al nordeste de la isla Santa María, esto es el 25 de noviembre de 1872. Lo que ocurrió luego es todo un misterio.
El barco fue hallado a la deriva y sin nadie abordo, aproximadamente a las 15.00 Hs de 5 de diciembre de 1872, al cabo de 10 días de la última anotación del capitán en la pizarra del puente. Fue avistado por el bergantín. Dei Gratia., que navegaba a Gibraltar desde Nueva York, a 650 Km. al este de las Azores.
El barco a la deriva
Este hecho alarmó al capitán Morehouse, quien decidió acercarse al misterioso barco. A medida que las distancias se acortaban, pudo leer el nombre del "Mary Celeste" en medio del balanceo; preocupándose aun más, ya que conocía a Briggs desde hacia tiempo y sabia que era un marino muy hábil. Al estar próximos ambos barcos, Morehouse pudo observar que no había nadie al timón, ni señal alguna de vida. Ante este hecho, ordeno a su primer oficial, Oliver Deveau, que abordara el barco e investigara lo sucedido.
Veamos las palabras textuales de Deveau, extractadas del informe elaborado por el almirantazgo ingles.
"Embarcamos en la chalupa 5 marinos y yo, cumpliendo ordenes del capitán Morehouse; la distancia entre ambos barcos era de unos cientos de metros.
El barco era impulsado por una suave brisa, que lo hacia navegar aproximadamente a 2 nudos; a fin de poder abordarlo remamos hasta abarloarnos por la amura de babor desde donde venia el viento, haciéndolo así, a fin de evitar que por la deriva el barco nos cayera encima. Luego de hacer firme un rezón a los acolladores del palo mayor logramos poder abordar.
Luego de una rápida inspección pude comprobar que el barco estaba desierto, el único bote había desaparecido, colgando de la popa restos del aparejo para izarlo; daba la impresión de haber sido cortado en rápida huida. Comprobamos que el antepecho lateral, correspondiente al lugar donde debió arriarse el bote, continuaba abierto; lo cual a mi entender, es otro indicio de una posible huida precipitada.
Sobre cubierta la escotilla principal y la de carga permanecían cerradas, pero la anterior que da al sollado de los marineros y la posterior que comunica con el camarote del capitán y oficiales estaban abiertas, también lo estaba la de la despensa.
Sobre cubierta encontramos tirada la barra de sondeo, e inmediatamente la utilice para comprobar el agua que había en la sentina, verificando que solo tenía 1 metro, lo que me pareció razonable para un barco de esas características, no siendo motivo de abandono.
El aparejo se encontraba preparado como para mal tiempo, más precisamente como para correr un temporal, ya que solo estaban izados el Foque, el Petifoque, la trinqueta estaba arriada y solo probaban el juanete fijo y el volante. Notamos que la burda volante se hallaba enredada, la driza de la cangreja se había roto, y la vela de sobregavia también estaba arriada.
Luego de la inspección en cubierta procedimos a revisar en detalle el interior, lo primero que nos llamo la atención fue que había restos de comida, colocados con orden en la mesa; también estaban ordenados una serie de objetos pequeños en mesas y estantes, hecho que nos llevo a pensar que si hubiera habido un temporal o colisión se hubieran caído.
Encontramos un sable cerca de una de las escotillas abiertas y su hoja estaba manchada por algo que parecía sangre (después se supo que era óxido).
La ropa en el camarote del capitán, que supongo pertenecerían a él y a su familia, se encontraban ordenadas en sus baúles. Encontramos también en sus lugares el dinero y equipaje de la tripulación.
El diario de navegación lo encontramos en la camareta del capitán, lo cual nos sorprendió pues no es su lugar habitual; la última anotación era del 24 /11/1872; y en ella no se consignaba nada extraordinario que pudiera explicar la desaparición de la tripulación.
Notamos que faltaba la documentación del barco, un sextante y algunas provisiones
Respecto de la carga que eran barriles de alcohol, 9 estaban vacíos y en mal estado".
El capitán Moorhouse fue informado inmediatamente sobre el suceso y solo le cupo pensar que la infeliz tripulación había sido víctima de una enfebrecida tormenta. Deveau, contradijo inmediatamente esta teoría: “He encontrado una máquina de coser y sobre ella un frasco de aceite que difícilmente hubiese aguantado ahí de haber sufrido un fuerte oleaje”. El capitán miró a su segundo. En su rostro se reflejó la perplejidad. ¿Qué había, pues, sucedido en el velero? ¿Dónde había ido a parar la tripulación? ¿Qué les empujó a abandonar la embarcación? Y de ser así ¿Qué medios utilizaron para hacerlo, hallándose como se hallaban, los botes de salvamento en su sitio? El capitán Moorhouse decidió finalmente llevarse consigo el bergantín fantasma a tierra firme, y allí, tratar de dar explicación a éste misterio.
Pero por mucho que investigaron, y por muchas teorías que se dieron, nadie consiguió dar una explicación coherente al misterio del Mary Celeste.
El Mary Celeste fue devuelto a James H. Winchester, y bajo el mando del capitán George W. Blatchford continuó su viaje hasta Génova, donde finalmente entregó su carga. Entonces, Winchester lo vendió -se dijo que con una considerable pérdida- y a lo largo de los 12 años siguientes el barco cambió de manos no menos de 17 veces. Ninguno de sus propietarios dijo nunca una buena palabra de él. Anduvo dando bandazos por la costa de los Estados Unidos, perdiendo cargamentos, velas y marineros, encallando e incendiándose con increíble regularidad. Parecía que el Mary Celeste era víctima, desde que fue botado, de una especie de maldición.
El Mary Celeste, conferido a una nueva tripulación, acabó sus días en 1885, en los arrecifes de Roshelle, cerca de Haití, donde el oleaje lo fue destrozando poco a poco.
Los Montes Urales son una cadena montañosa que se considera la frontera natural entre Europa y los países Asia. Abarca los países de Rusia y Kazajstán. Su recorrido es 2.500 km. y su mayor altitud es de 1895 metros. Allí, y en concreto en el monte Otorten, tuvieron lugar en 1959 unos extraños y macabros acontecimientos, que aún hoy, 50 años después, siguen siendo un misterio.
(Montes Urales)
Comenzaba el mes de febrero de 1959, cuando un grupo de estudiantes, expertos aficionados al alpinismo, al mando de Igor Dyatlov, de 23 años, decidieron emprender una marcha hacia la base del monte, desconociendo por completo que tanto de trágico sería su final.
(Imagen del grupo completo)
Se trataba de diez estudiantes del Instituto Politécnico de los Urales, a cuyo centro debían enviar un telegrama cuando llegaran a la zona de Vizhai, una vez volvieran de regreso de la montaña, según los cálculos, sobre el 12 de febrero. Sin embargo ese telegrama nunca fue enviado.
(Los diez alpinistas)
Nada más emprender la marcha, uno de los componentes de la expedición, llamado Yudín, se sintió indispuesto, por lo que no pudo continuar la marcha con sus compañeros, quedándose para recuperarse en el último lugar de aprovisionamiento. Este hecho le salvaría la vida.
Aproximadamente sobre el 20 de febrero, familiares, amigos y profesorado de los expedicionistas comenzó a inquietarse ante la falta de noticias del grupo, por lo que se movilizó un equipo de rescate ante la posibilidad de que hubieran sufrido algún percance.
La policía, el ejército, y un grupo de profesores y alumnos se entregaron de lleno a la búsqueda de los desaparecidos, encontrando el día 26 de febrero el último campamento que los jóvenes habían establecido, según las investigaciones, el 2 de febrero sobre las cinco de la tarde.
(Dos detalles de como quedó el campamento) Es espectáculo era dantesco: las tiendas estaban totalmente rajadas desde dentro, casi cubiertas por la nieve y sin nadie en su interior, aunque los objetos personales y la ropa de abrigo permanecían intactas.
Partiendo de las tiendas, y en línea recta, aparecían una serie de huellas que se hundían 90 cm. en la nieve,de unas ocho o nueve personas, lo que daba a entender que todos los estudiantes huyeron del campamento prácticamente desnudos, algunos incluso descalzos, llegando a una masa boscosa cercana. Las huellas desaparecían a unos 500 metros.
Los dos primeros cadáveres aparecieron en las lindes del bosque bajo un gran pino. No aparentaban signos de violencia y se encontraban solamente con la ropa interior. Tan sólo junto a ellos restos de una hoguera y ramas de pino partidas.
Unos metros más allá tres cuerpos más fueron encontrados con signos evidentes de haber intentando infructuosamente de volver al campamento.
Después de habérsele practicado la autopsia a los cinco cadáveres, no se arrojó luz sobre el asunto: habían muerto por hipotermia y no existía lesión externa alguna.
Dado los detalles escabrosos que presentaba el campamento, y la extrañeza de que fuera abandonado por sus moradores sin ropa, hizo que se pusiera en marcha una investigación para esclarecer lo sucedido, aunque el descubrimiento de los cuatro estudiantes que faltaban dio una visión totalmente distinta a lo ya descubierto.
Estos fueron encontrados tras una intensa búsqueda casi dos meses después, juntos y enterrados a 5 cm bajo la nieve, cerca de dónde se encontraron las otras víctimas.
El cráneo de uno de ellos estaba interiormente prácticamente destrozado, otros dos tenían varias costillas rotas, y el siguiente, una chica, le faltaba la lengua. A diferencia de los primeros cadáveres encontrados, estos estaban vestidos, aunque con la ropa de los primeros que aparecieron, dando lugar a la hipótesis de que tal vez se hubieran apropiado de las ropas de sus compañeros muertos antes que ellos.
La investigación posterior no llegó a nada concluyente y se dio por cerrada tres meses después, quedando el caso bajo secreto de sumario y prohibiéndose el acceso a la zona dónde habían ocurrido los hechos durante los tres años siguientes.
A partir de entonces, familiares y compañeros de los fallecidos crearon una organización, la Fundación Dytalov, que tras largas investigaciones descubrió importantes datos, aunque casi todos sin explicación y sin poder ser comprobados.
Se descartaron las primeras teorías que culpaban de las muertes a la tribu denominada Los Mansis, que habitaban en aquél lugar, cuyo motivo sería que los excursionistas habrían profanado algún lagar sagrado. Sin embargo, la montaña de Otorten no era considerada sagrada por dicha tribu,además, nunca se encontraron huellas distintas a las de los estudiantes en el lugar.
Expertos forenses explicaron la imposibilidad de que un ser humano pudiera provocar las graves heridas internas que presentaban los cuatro últimos cuerpos aparecidos, similares a las que se producen en los accidentes de tráfico a gran velocidad. Son lesiones que externamente no se aprecian, pero interiormente llevan de inmediato a la muerte a quién las sufre.
También se interrogó a militares y meteorólogos de aquella época, quienes coincidieron en afirmar que entre febrero y marzo de 1959, fueron observadas unas esferas brillantes por la zona. Igualmente se interrogó a unos excursionistas que acamparon a unos 50 km. de distancia de los fallecidos, que igualmente aseguraron haber visto esferas luminosas flotando en el cielo sobre las montañas de Otorten.
De aquí se llegó a la hipotética conclusión de tal vez una de aquellas esferas explosionara, provocando las lesiones internas que presentaban los cadáveres y explicando así el extraño bronceado que se apreciaba en ellos, aunque la prueba que más refuerza esta teoría es el hallazgo de altos niveles de radiación en la ropa de los jóvenes. Contrariamente a todo esto, nunca se encontró el más mínimo rastro de una explosión en la zona.
El secretismo por parte de militares respecto al caso, unido a la época en que se produjeron los acontecimientos, hace llegar a la posibilidad de que los jóvenes fueran víctimas de un experimento militar que acabó en desastre, ya fuera el lanzamiento de un misil o cualquier otra maniobra, pero no se conserva expediente alguno en las fuerzas armadas de que se hubiera producido experimento alguno en aquellas fechas.
Una última visita a la zona hizo que se descubrieran nuevas pruebas, como un extraño cementerio de metales retorcidos y de incógnita procedencia, trozos de tela parecida a una capa militar y un par de esquís completos.
La Fundación Dytalov, sigue investigando para esclarecer todo lo que hay oculto en el caso, e intenta que por parte del ejército se desclasifiquen documentos actualmente mantenidos en el más alto secreto, que puedan arrojar alguna luz sobre el asunto, y que así familiares y amigos puedan descansar con conocimiento de causa.
Fuentes: Diario El País Revista: Más Allá Fundación Dytalov Fotos: Diario El País, Revista Más Allá.