El cortijo Pitango ha pasado a la historia por ser, hace unas décadas, el primero en sufrir en la zona un curioso fenómeno que no ha vuelto a reproducirse, pero que tampoco pudo quedar aclarado por los estudiosos e informadores que acudieron a investigarlo, provocando un trágico desenlace para algunos de sus protagonistas.
En las entrañas de la sierra almeriense, en la zona de Los Filabres, término municipal de Laroya, donde estaba ubicado el cortijo, surgía al azar y de forma espontánea, un ¿misterioso fuego inteligente? de origen desconocido que atacó durante dos meses a personas, viviendas, enseres y animales haciendo intervenir a las autoridades de la época. El fuego causó estragos en la mies recolectada y dejó marcados a sus habitantes. Jamás se llegó a dar una explicación a lo sucedido, y el silencio impuesto se adueñó de la situación.
Llamas surgidas de la nada
En tarde del 16 de Junio de 1.945, la niña de ocho años, María Martínez Martínez quedó horrorizada al observar como su delantal era presa de las llamas producidas por una extraña luminaria azul que había surgido de la nada. A duras penas pudieron ser sofocadas por algunas personas que se encontraban junto a ella y que no podían dar crédito a lo que veían. Posteriormente y en la madrugada sus gritos se expanden en la noche al resultar su camastro envuelto en llamas espontáneamente, hasta que unos jornaleros que descansaban en un cobertizo contiguo lograron apagarlas.
La Niña María Martínez que fue presa de las llamas
Nadie en el cortijo puede explicarse a lo que está ocurriendo. Lo que desconocen aún es que esa misma tarde del 16 de junio, en el caserío Franco situado en la ladera continua, varias personas han visto como un fuego procedente de ningún sitio prendía sus llamas en el trigo verde y varios capazos, sin que ningún líquido o material tomara contacto con ellos.
Se da la voz de alarma en el pueblo y algunos curiosos se acercan a comprobar con sus propios ojos lo que se comenta de unos a otros, pudiendo observar con sus propios ojos las quemaduras sufridas en la pequeña y en otros enseres. Se avisa a las autoridades las cuales se disponen a intervenir enviando a personal cualificado sin tiempo que perder, pues ante la presencia de los primeros guardias civiles llegados al lugar, en la cortijada de Estella, la techumbre de la casa de Jesús Martínez Morales, la despensa con los embutidos almacenados, la cuadra y varios enseres de labranza se quemaban merced de las llamas sin saberse qué las había producido.
Al día siguiente la tragedia se expande al resto de las cortijadas. En la de Miguel Acosta han ardido albardas, sillas, artesas colgadas en la pared? hasta una gallina que estaba empollando. Alfredo Rubio Sola ve perplejo como comienzan a arder los pies de su madre, que logra sofocar con ayuda de una manta. Colchones y almohadas se prenden solos y el ganado también sufre la maldición del misterioso fuego.
El 24 por la tarde se producen más de cien. Falta gente para extinguir los incendios y cuando se llega hasta ellos las llamas desaparecen furtivamente. Todos están aterrados incapaces de comprender que es lo que está ocurriendo en su comarca, incluso el párroco Luis Silverio se pasa día y noche tocando las campanas a fuego para avisar a la población.
A las preguntas de los investigadores, Ramón Rubio Doménech declaró que justo antes de que comenzaran los fenómenos de la combustión, fue testigo de la aparición de una figura que se le asemejó la de un niño y que de repente surgió de los montes. La figura tenía aspecto de estatua o esqueleto, estaba envuelto en luces de fuego y sus pies no posaban el suelo, sino que parecía que flotaba. A continuación la figura desapareció y nunca se le volvió a ver. A partir de ahí empezaron los fuegos.
Mientras los científicos investigaban comenzaban de repente a prender los pesebres, las orillas de los ríos, la comida de los animales, los objetos se quemaban de arriba abajo. Manuel Medina sufrió el asombro de ver en el cielo se una bola blancas que lo iluminaba todo como si fuese de día y que fue bajando hasta pasar por encima de él. Era algo que volaba sin marcas de ningún tipo y en silencio. Cuando logró sobreponerse lo puso en conocimiento de los científicos que seguían sin dar con la causa del misterio.
A lo largo de dos semanas los episodios continuaron sucediéndose frecuentemente. Nada ni nadie era capaz de parar la combustión espontánea que estaban padeciendo, y lo que es más, nadie encontraba una explicación al suceso.
Pasado este tiempo, y en vista de que las investigaciones seguían sin dar resultados, La Gobernación ordena el regreso de los investigadores, los cuales han elaborado un detallado informe, habiéndose mostrado reticentes a hacer públicas sus investigaciones ante los vecinos. Callaban ante las preguntas de los moradores de la zona o respondía evasivamente
Análisis y conclusión de los científicos
Del reconocimiento y pruebas efectuadas por la comisión encargada por el excelentísimo Gobernador Civil puede deducirse que los sucesos no han sido originados por actividad volcánica, ni por trastornos geológicos que hayan dado lugar a desprendimiento de materias en ignición, ni gases inflamables. El origen de los incendios no se halla en manifestaciones internas ni en la superficie del terreno. Tampoco cabe achacar la causa a fenómenos eléctricos ni a la ionización de la atmósfera, ni a efectos térmicos de radiaciones solares. En resumen, no hay una causa definida a la que pueda achacarse todos los sucesos ocurridos y debe desecharse, desde el primer momento, toda sospecha de que hayan sido provocados por la mano del hombre. Se ha producido verdadero pánico, obligando a las gentes a tener en la calle sus modestos ajuares y vituallas. Es de esperar que el suceso no tenga repetición. Almería, 30 de junio de 1945.
Luego se marcharon.
Un epílogo trágico
María Martínez Martínez, la primera protagonista de los sucesos se pasó la vida creyendo que algo maligno la había visitado. Fue conocida como la niña del Fuego porque por tres veces tuvo en su cuerpo las llamas azuladas. Traumatizada y desequilibrada por los episodios puso fin a su vida ingiriendo sosa caústica, siendo seguida en la tragedia por su hermana mayor, que se arrojó por un barranco y por su padre José Martínez, que se ahorcó en el interior del mismo cortijo Pitango.
Tumba de la Familia Martínez
La muerte de los tres se llevó el secreto a sus tumbas, dejando en mente de todos que el motivo de la tragedia fue la presión a que las autoridades los tenían sometidos para que mantuviesen silencio, ocultando así las cosas nunca dichas que la familia habría presenciado en su cortijo, reducido hoy a las ruinas de un caserón colgando de la ladera de un monte.
Fuente de Datos: *"Enigmas y Leyendas de Almería" - Alberto Cerezuela" * Internet
Esta es una extraña historia, en la cual se relata como un bergantín goleta, fue descubierto navegando a la deriva y sin tripulación abordo, el 5/12 /1872 a la altura de la isla de Madeira.
No es el único caso de buques que aparecen sin tripulación, abandonados en medio del mar.
El 5 de diciembre de 1872, el vigía de la nave británica Dei Gratia avisto un barco que parecía tener problemas. Tres tripulantes bajaron la chalupa del Dei Gratia y remaron hasta el barco en peligro para ofrecerle ayuda. Treparon por la barandilla y llegaron a la cubierta; salvo por el sonido del viento en las velas y el inquietante crujido del maderamen, no se oía nada. Los marineros registraron el barco desde los mástiles hasta la bodega y lo encontraron en excelentes condiciones, pero no había ni un alma a bordo. La tripulación había desaparecido sin dejar rastro. El barco se llamaba Mary Celeste.
La desaparición de la tripulación de este barco es el elemento central de la larga historia de desgracias del Mary Celeste. Atraía la mala suerte como el imán atrae las limaduras de hierro. Los supersticiosos dirían que era yeta, y casi habría que darles la razón.
El Mary Celeste fue construido en 1860, en los astilleros de Joshua Dewis, situados en Spencer's Island, Nueva Escocia; fue el primer barco de un consorcio de constructores navales. Originalmente se llamó Amazon, y fue botado en 1861, el año en que comenzó la guerra civil norteamericana. Las tragedias empezaron poco después, cuando su primer capitán, un escocés llamado Robert McLellan, cayó enfermo y murió. Entonces asumió el mando un tal John Nutting Parker, quien capitaneó el primer viaje del Amazon, pero el barco tropezó con una encañizada de pesca cerca de Maine, sufrió daños en el casco y tuvo que volver a los astilleros para ser reparado. Mientras estaba allí se produjo un incendio, que costó el puesto al capitán Parker.
El Amazon cruzó por primera vez el Atlántico sin problemas, hasta que llegó al estrecho de Dover y choco con un bergantín. El bergantín se hundió, el Amazon tuvo que ser reparado de nuevo y su tercer capitán marchó en busca de otro puesto.
Después de las reparaciones y del nombramiento de otro capitán, el Amazon volvió a América y, acto seguido encalló cerca de CowBay, en la isla de Cape Breton, Nueva Escocia.
A partir de ahí, la historia del Amazon se vuelve algo confusa. Fue sacado de las rocas y reparado, pero parece que fue vendido varias veces. Varios de sus propietarios quebraron y ninguno de ellos obtuvo beneficios de su contacto con el barco. Finalmente llegó a las manos de J. H. Winchester & Co., consorcio de armadores de Nueva York. A esas alturas, el Amazon ya no se parecía en nada al barco que salió del astillero de Joshua Dewis. Había sido agrandado, llevaba los colores norteamericanos y por nombre Mary Celeste.
En algún momento de septiembre o a principios de octubre de 1872, el Mary Celeste atracó en el muelle 44 del East River de Nueva York, preparándose para recibir un nuevo cargamento y una nueva tripulación.
El Mary Celeste. zarpó el día 7 de noviembre de 1872 del puerto de Nueva York rumbo a Génova; estaba al mando el capitán Benjamin S. Briggs, la tripulación estaba compuesta de 7 hombres, e iba abordo, también la esposa de Briggs y su hijita de dos años. El buque transportaba 1700 barriles de alcohol comercial, por encargo de la firma H. Mascarenhas & Co, para aumentar la graduación alcohólica del vino.
El capitán de la nave
Su esposa y su hijita de dos años
Según lo que se pudo extraer del diario de abordo, la goleta zarpo el 7 de noviembre, no registrándose ningún hecho anormal hasta la última anotación, acaecida el 24 de noviembre, en esta se consigna que habían llegado a las Azores y que la noche siguiente al 24 se encontraron con mal tiempo. Luego el diario no registra más anotaciones, pero en la pizarra del puente (en donde se anotaban las distintas posiciones tomadas durante la singladura, antes de transcribirlas al libro de bitácora) figuraba que el "Mary Celeste" se encontraba exactamente al nordeste de la isla Santa María, esto es el 25 de noviembre de 1872. Lo que ocurrió luego es todo un misterio.
El barco fue hallado a la deriva y sin nadie abordo, aproximadamente a las 15.00 Hs de 5 de diciembre de 1872, al cabo de 10 días de la última anotación del capitán en la pizarra del puente. Fue avistado por el bergantín. Dei Gratia., que navegaba a Gibraltar desde Nueva York, a 650 Km. al este de las Azores.
El barco a la deriva
Este hecho alarmó al capitán Morehouse, quien decidió acercarse al misterioso barco. A medida que las distancias se acortaban, pudo leer el nombre del "Mary Celeste" en medio del balanceo; preocupándose aun más, ya que conocía a Briggs desde hacia tiempo y sabia que era un marino muy hábil. Al estar próximos ambos barcos, Morehouse pudo observar que no había nadie al timón, ni señal alguna de vida. Ante este hecho, ordeno a su primer oficial, Oliver Deveau, que abordara el barco e investigara lo sucedido.
Veamos las palabras textuales de Deveau, extractadas del informe elaborado por el almirantazgo ingles.
"Embarcamos en la chalupa 5 marinos y yo, cumpliendo ordenes del capitán Morehouse; la distancia entre ambos barcos era de unos cientos de metros.
El barco era impulsado por una suave brisa, que lo hacia navegar aproximadamente a 2 nudos; a fin de poder abordarlo remamos hasta abarloarnos por la amura de babor desde donde venia el viento, haciéndolo así, a fin de evitar que por la deriva el barco nos cayera encima. Luego de hacer firme un rezón a los acolladores del palo mayor logramos poder abordar.
Luego de una rápida inspección pude comprobar que el barco estaba desierto, el único bote había desaparecido, colgando de la popa restos del aparejo para izarlo; daba la impresión de haber sido cortado en rápida huida. Comprobamos que el antepecho lateral, correspondiente al lugar donde debió arriarse el bote, continuaba abierto; lo cual a mi entender, es otro indicio de una posible huida precipitada.
Sobre cubierta la escotilla principal y la de carga permanecían cerradas, pero la anterior que da al sollado de los marineros y la posterior que comunica con el camarote del capitán y oficiales estaban abiertas, también lo estaba la de la despensa.
Sobre cubierta encontramos tirada la barra de sondeo, e inmediatamente la utilice para comprobar el agua que había en la sentina, verificando que solo tenía 1 metro, lo que me pareció razonable para un barco de esas características, no siendo motivo de abandono.
El aparejo se encontraba preparado como para mal tiempo, más precisamente como para correr un temporal, ya que solo estaban izados el Foque, el Petifoque, la trinqueta estaba arriada y solo probaban el juanete fijo y el volante. Notamos que la burda volante se hallaba enredada, la driza de la cangreja se había roto, y la vela de sobregavia también estaba arriada.
Luego de la inspección en cubierta procedimos a revisar en detalle el interior, lo primero que nos llamo la atención fue que había restos de comida, colocados con orden en la mesa; también estaban ordenados una serie de objetos pequeños en mesas y estantes, hecho que nos llevo a pensar que si hubiera habido un temporal o colisión se hubieran caído.
Encontramos un sable cerca de una de las escotillas abiertas y su hoja estaba manchada por algo que parecía sangre (después se supo que era óxido).
La ropa en el camarote del capitán, que supongo pertenecerían a él y a su familia, se encontraban ordenadas en sus baúles. Encontramos también en sus lugares el dinero y equipaje de la tripulación.
El diario de navegación lo encontramos en la camareta del capitán, lo cual nos sorprendió pues no es su lugar habitual; la última anotación era del 24 /11/1872; y en ella no se consignaba nada extraordinario que pudiera explicar la desaparición de la tripulación.
Notamos que faltaba la documentación del barco, un sextante y algunas provisiones
Respecto de la carga que eran barriles de alcohol, 9 estaban vacíos y en mal estado".
El capitán Moorhouse fue informado inmediatamente sobre el suceso y solo le cupo pensar que la infeliz tripulación había sido víctima de una enfebrecida tormenta. Deveau, contradijo inmediatamente esta teoría: “He encontrado una máquina de coser y sobre ella un frasco de aceite que difícilmente hubiese aguantado ahí de haber sufrido un fuerte oleaje”. El capitán miró a su segundo. En su rostro se reflejó la perplejidad. ¿Qué había, pues, sucedido en el velero? ¿Dónde había ido a parar la tripulación? ¿Qué les empujó a abandonar la embarcación? Y de ser así ¿Qué medios utilizaron para hacerlo, hallándose como se hallaban, los botes de salvamento en su sitio? El capitán Moorhouse decidió finalmente llevarse consigo el bergantín fantasma a tierra firme, y allí, tratar de dar explicación a éste misterio.
Pero por mucho que investigaron, y por muchas teorías que se dieron, nadie consiguió dar una explicación coherente al misterio del Mary Celeste.
El Mary Celeste fue devuelto a James H. Winchester, y bajo el mando del capitán George W. Blatchford continuó su viaje hasta Génova, donde finalmente entregó su carga. Entonces, Winchester lo vendió -se dijo que con una considerable pérdida- y a lo largo de los 12 años siguientes el barco cambió de manos no menos de 17 veces. Ninguno de sus propietarios dijo nunca una buena palabra de él. Anduvo dando bandazos por la costa de los Estados Unidos, perdiendo cargamentos, velas y marineros, encallando e incendiándose con increíble regularidad. Parecía que el Mary Celeste era víctima, desde que fue botado, de una especie de maldición.
El Mary Celeste, conferido a una nueva tripulación, acabó sus días en 1885, en los arrecifes de Roshelle, cerca de Haití, donde el oleaje lo fue destrozando poco a poco.
Nota: Todas las fotografías que aparecen en esta entrada son del Cementerio de San Miguel de Málaga, cuyo autor,Narciso del Río, las tiene alojada en sus páginas digitalesOjo de Pez (blogger)yOjo de Pez (Comunidad El Pais)
El mes de Noviembre es por excelencia el mes de los difuntos. Durante sus 30 días la visita a las tumbas es continua, así como el proceder a su limpieza y adornarlas con flores.
El Cementerio de San Miguel, en Málaga, no es una excepción. Es un cementerio antiguo, cargado de historia y con panteones monumentales y de gran belleza.
El Padre José Fernández, cuidador del mismo y encargado de la capilla, siempre se ha sentido orgulloso del mismo y prodigado sus rezos y ofrendas a los difuntos allí sepultados.
Sin embargo el mes de Noviembre 1985 no fue un mes como todos los de los demás años. El tiempo parecía haberse vuelto propicio para el recuerdo y el recogimiento y sus días amanecían pragmados de bruma neblinosa y húmeda, convirtiendo en retazos las siluetas de los panteones.
El padre José Fernández llevaba ya algunas noches del citado mes de Noviembre durmiendo en el interior de la capilla ya que su casa, situada al lado, estaba siendo reformada. No le importaba a él dormir en una pequeña celda dónde recitaba sus oraciones antes de dormir. Esa noche, y en medio de la oración, sintió una imperiosa necesidad de salir fuera para seguir orando en el exterior.
Una ráfaga de frío viento le azotó el rostro, y un torbellino de hojas secas caídas de las ya desnudas ramas le envolvió los pies. Eran las dos de la madrugada.
De repente todo quedó en silencio. El viento cesó y las aves nocturnas cortaron de repente sus gritos, pero él comenzó a escuchar algo que identificó como un lamento, el desolado lamento de un niño de corta edad. Se quedó inmóvil para poder prestar mejor atención y descubrió que dentro de ese quejido eran pronunciadas unas palabras: ¡“Mamá, Mamá”!
Completamente seguro de que no se trataba del grito de algún animal (a veces los gatos semejan con sus maullidos el llanto de bebes), ni que el murmullo del viento le estaba jugando una mala pasada siguió con valentía el sonido del misterioso lamento y de repente se encontró ante un nicho determinado de cuyo interior salían los lloros.
El nicho en cuestión estaba ubicado en la zona de adultos pero no pudo de momento conocer quién estaba allí enterrado.
Al día siguiente lo primero que hizo fue consultar los libros de defunciones del archivo de la necrópolis, y descubrió sorprendido que en aquel nicho reposaban los restos de un niño pequeño, de dos años, muerto de leucemia. Por algún extraño motivo fue enterrado en la zona de los adultos en lugar del destinad a los inocentes infantes.
Desde entonces el fenómeno se ha repetido asiduamente, a distintas horas y con diferentes matices: Gemidos, lloros, o susurros apagados.
Más de una vez ha visto el Hermano José Fernández entrar corriendo en la capilla a un niño de corta edad a deshoras (horas en las que el cementerio estaba cerrado al público). Cuenta que en realidad era una visión difuminada, que pasaba a gran velocidad y cuando él se giraba para poder ver la silueta completamente, ésta desaparecía.
También ha conseguido verlo a los lejos por distintos lugares del camposanto, ataviado con unas vestimentas blancas y vaporosas, estando sus pies por encima del nivel del suelo, como flotando en el aire. El Hermano José está convencido de que el niño está intentando hacerse ver aunque muy sutilmente.
Más sucesos inexplicables
A partir de esa misteriosa e inolvidable noche los sucesos inexplicables no han dejado de sucederse dentro de la necrópolis de San Miguel. Parece que dentro de sus muros alguna fuerza desconocida no deja descansar en paz a los difuntos.
Los principales testigos de dichos fenómenos son los vigilantes de seguridad, ya que realizan su trabajo en horas nocturnas y cuando todo está en solitario.
Uno de los mencionados vigilantes optó después de sufrir una gran depresión, por abandonar el trabajo debido a lo ocurrido una noche casi en las puertas del cementerio. El vigilante referido J. R. G., un hombre que nada cree de estos temas, vivió una experiencia que como ya anoté anteriormente describe como la mas aterradora de su vida.
Los vigilantes suelen hacer 3 o 4 rondas por el interior del recinto a lo largo del turno durante la noche. Nuestro testigo llegó aquella noche a su puesto de trabajo, y se dirigió ala cabina de descanso, ubicada en los exteriores, esperando que llegara su turno de la primera vuelta, y mientras tanto, como acostumbraba a hacer casi siempre, llamó a su esposa a casa para saludarla.
Mientras hablaba con su mujer, J. R. G. escuchó de fondo una voz masculina, que articulaba palabras inconexas. Sorprendido y furioso al pensar que su esposa no estaba sola le preguntó que con quién se encontraba, pero ella lo tranquilizó asegurándole y jurándole que estaba sola. Calmado al fin pero mientras seguían hablando, la comunicación se cortó con un sonido de interferencia. Perdió la conexión con su esposa y pasó a ocuparla una voz masculina, muy fuerte y cavernosa, casi metálica, que dijo: !Dentro te espero! De nuevo se escuchó la interferencia y acto seguido la voz de su mujer preguntando qué había ocurrido, ya que se habían dejado de escuchar durante breves segundos.
Esa noche el vigilante no hizo ningún turno de ronda por el recinto. Poco después y tras atravesar malos momentos psicológicos, se despidió de la empresa.
Otros antiguos vigilantes que han pasado largas horas en el recinto, afirman haber oído pasos indefinidos que se aproximaban en la distancia para luego volver a alejarse. Cuentan que una de las noches los murmullos en el aire incapaces de identificar, pero eran tan evidentes que sintieron auténtico pavor.Han pasado miedo, sí, pero ese es su trabajo y tienen que enfrentarse a veces a situaciones tan adversas como estas.
P. D. E.cuenta que una noche al ver a su compañero tan asustado, quiso gastarle una broma y pidió a voz en grito una señal. En ese mismo instante sintió un agudo pitido en el oído que lo dejó sordo por unos minutos. Dicen que desde entonces todo se lo toman totalmente en serio, haciendo su trabajo casi sin hacerse notar.
No son esas las únicas experiencias que han vivido. Algunas noches mientras se encontraban en la sala de descanso escuchaban lápidas de nichos caer al suelo haciéndose añicos. Salían atemorizados a buscar el lugar u nunca encontraban nada. Curiosamente, a los pocos minutos de volver a la sala, el fuerte sonido volvía a hacerse presente, sin que tampoco dieran con el origen del mismo.
En otras ocasiones, les sucedió lo mismo, pero en este caso realizando rondas internas, pero en ningún momento, ni incluso al despuntar el alba, lograron encontrar ninguna piedra o losa rota en el suelo. Algo que les dio mucho que pensar.......
Maria Marta
Penetrar en el cementerio de San Miguel es como pasar a través del tiempo. Allí podemos ver panteones de celebridades y personajes y la antigüedad le da ese color un poco vejado por el paso de la vida.
Entrando por el camino principal se pasa al segundo patio de nichos, en cuya esquina superior derecha encontramos esa zona destinada los enterramientos de niños y fetos. En uno de esos nichos se encuentra los restos de la niña María Marta, que falleció a los pocos años en un accidente de coche.
Al igual que el niño Antoñito, la pequeña María Marta se deja ver al Hermano José y a algunos vigilantes de seguridad en las horas del crepúsculo cuando se clausura el cementerio. Afirman verla en aquel rincón, con el cuerpo inerte y semitransparente.
Don Elíseo
En el mes de Enero de 1946 falleció Don Elíseo, párroco encargado de llevar a cabo por aquel tiempo los actos eclesiásticos de la capilla. Era un hombre de carácter agrio que andaba siempre enfurecido, muy reservado y a veces desagradable. De recto proceder pasó su vida entre recto y autoritario.
Hoy día, existen personas que afirman haber observado el caminar de un hombre mayor ataviado de hábitos monacales, por entre los panteones. Muy pocos sabían que el único mortal con túnica del lugar, era el Hermano Pepe. Así que cuando este recibía la noticia, quedaba sorprendido, ya que la descripción de aquel misterioso señor se correspondía perfectamente con la de Don Elíseo.
4 de Mayo de 2005. Más de quince personas se congregaron frente a un discreto y humilde panteón del cementerio malagueño (San Miguel), ubicado en la barriada de Fuente Olletas, en Málaga. Un pequeño módulo vertical, una fotografía impresa en el mármol y una placa donde reza: Jane Bowles, Nueva York 1917Málaga 1973, conforman el sencillo enterramiento. La mayor parte de los presentes son familiares, amigos o lectores de la desaparecida escritora norteamericana.
A eso de las cinco de la tarde, los congregados en la necrópolis encendieron velas en su memoria, y colocaron junto a su tumba numerosas flores. A pesar del tiempo que ha transcurrido desde su muerte, parece claro que la figura de la gringa permanece impresa en la memoria de sus admiradores y seres allegados.
De pronto, uno de los allí reunidos levanta la vista y queda sin habla. Entre el grupo, en el cual todos se conocen entre sí, hay un personaje más. Es una mujer vestida de luto, y su rostro es extrañamente parecido con el de la fallecida literata. Tanto es así, que el asombrado señor tuvo que mirar el mármol con su fotografía, como si no conociera bien de por sí la imagen de su admirada escritora.
Tras unos momentos de desconcierto, golpea con su codo a los que están a su lado, y estos miran igualmente a la mujer vestida de negro desde la corta distancia que los separa. La mirada de la señora parece perdida, enfocada en tal caso hacia la zona del panteón. Nadie sabe como reaccionar, ni quieren alertar a todo el mundo por si se tratara de una falsa alarma.
Antes de que nadie pudiera hacer nada por verificar la identidad de la mujer, ésta se vuelve y dobla la esquina de un panteón de gran tamaño, que lleva a la zona de enterramiento de los escritores y artistas malagueños. Cuando varios de los testigos se dan cuentan de lo que ha pasado, rodean la zona por diferentes lugares.
Desgraciadamente, aquella mujer ha desaparecido sin dejar rastro. Parece haberse esfumado, ya que no había posibilidad de escapatoria ante el cerco producido.
Cuando se corre la voz, los más veteranos, aquellos que suelen visitar cada año la tumba de Jane Bowles, responden impasibles: Nos os preocupéis. Jane suele venir en el aniversario de su muerte, apareciendo entre nosotros con la misma espontaneidad con que desaparece.
El Retorno de Jane Bowles.
Los primeros en descubrir los fenómenos relacionados con la escritora Jane, fueron José Fernández, encargado de la capilla del cementerio, y los vigilantes de seguridad, que a partir de un determinado día, que coincide con la construcción del actual monumento funerario, y una vez cerrada la puerta de la necrópolis, ven pasear a una señora de aspecto extravagante, por las inmediaciones de la tumba de Bowles.
Este suceso durante las horas de público no hubiera sido extraño, ya que la escritora era poseedora de un gran círculo de amigos de varios países. Pero además de lo extraño de la hora, resultaba curioso que la dama estuviera todos los días con la misma vestimenta, en el mismo punto de ubicación (la tumba de Jane), y en la misma actitud contemplativa.
Esa misma actitud es la que llevó a los vigilantes a no acercarse en un principio a la extraña mujer, ya que temían romper algún tipo de oración en honor a la difunta. Pero cuando posteriormente intentaban mantener contacto con la señora para identificar sus objetivos, ésta parecía desaparecer tras una esquina una vez que el vigilante de turno alcanzaba la zona de la tumba.
La imposibilidad de escapar en tan escasos segundos, comenzó a resultar para José Fernández y los vigilantes un asunto de escasa explicación racional, lo que hizo que estuvieran más atentos para las siguientes ocasiones, llegando a acercarse lo suficiente para identificar en el rostro de la visitante a la misma Jane Bowles, rostro que todos conocían a través de la imagen de su lápida.
Visitante del Cementerio.
Una señora anciana asidua del lugar, puesto que un familiar suyo reposa allí, y gusta de ir a colocarle velas de manera frecuente relató una curiosa vivencia a la que se enfrentó hace años.
La señora, casi todas las veces que se acercaba al camposanto, decidía comenzar y terminar su visita realizando una oración a Dios, para lo cual se adentraba en la capilla del cementerio, y desde uno de los bancos, lanzaba su misiva a los cielos.
Todo sucedió durante uno de esos momentos de recogimiento, ya que estando de manera contemplativa en el ultimo banco de la pequeña iglesia, pudo advertir pasos resonando en la forma cónica de la sala, cuyo ángulo formaba ecos profundos. Pero no solo eso, sino que también llegó a percibir golpes en las paredes, así como el fuerte crujir de los enseres presentes.
Aunque en un principio intentó convencerse de que eran sonidos de origen natural, llegó un momento en el cual desitió de tal empresa, ya que observó asombrada de qué manera uno de los primero bancos, como empujado por una mano invisible, se arrastro casi un metro por el suelo, cambiando su posición inicial sin que nadie más que ella se encontrara en la sala.
Tal es el peso de los bancos, que tuvo que ser colocado en su posición original por dos vigilantes de seguridad. Fenómenos sin duda de difícil explicación racional.
El cementerio de San Miguel actualmente no funciona como tal debido a un contencioso. Se ha quedado casi monumento histórico, pero a pesar de eso los fenómenos extraños se siguen produciendo sin que para ellos se encuentre explicación.