miércoles

Trasatlántico Georges Phillipar

El transatlántico Georges Phillipar era uno de los barcos para crucero mejor diseñado cuando fue botado por sus constructores franceses en los astilleros de Sr. Nazaire.

Se tardó casi dos años en equipar al barco de 17.300 toneladas para transportar mil pasajeros en suntuosos camarotes con ricos paneles y cómodo y eficaz acondicionamiento de aire. Y no se reparó en gastos para garantizar su seguridad con un sistema de matafuegos automáticos y los últimos aparatos contra incendios.


Sin embargo, el incendio que estalló en la cubierta D del trasatlántico en su primer viaje, un crucero por los mares de China, se propagó con terrible rapidez, matando a cincuenta y tres pasajeros y enviando el orgullo de la flota mercante francesa al fondo del Mar Rojo.


La comisión de encuesta de París que más tarde investigó el hundimiento del buque, no pudo encontrar pruebas sólidas de que un defecto de la instalación eléctrica hubiese causado el incendio o que éste hubiese sido accidental. Solo dejó un tentador y no concluyente indicio de que nos poderosos asesinos internacionales habían convertido el trasatlántico en una bomba incendiaria flotante, con el único objeto de matar a un pasajero muy importante, un periodista francés que participaba en el crucero.


Parte el 26 de febrero de 1932 del puerto de Marsella en su viaje inaugural con destino a Yokohama.

Después de dos meses de navegación, atraca en abril de 1932 en el puerto de Shangai, su punto de destino. Allí hace escala unos días y recoge a más pasajeros para tomar el viaje de regreso.

El trasatlántico hizo una breve escala en Saigón y Colombo, y recogió más viajeros, principalmente oficiales coloniales franceses con sus familias. Con un total de 518 pasajeros y 347 tripulantes a bordo, el trasatlántico hizo escala en Singapur, en Peneng, y en Ceilán, en ruta hacia el Mar Rojo, el Canal de Suez y el puerto francés mediterráneo de Marsella.

En la noche del 15 de Mayo, los pasajeros se reunieron en cubierta para una cena con baile bajo el bochornoso aire nocturno, admirando las luces centelleantes y saludando a la tripulación del petrolero Sovietskaya Nef, que pasó a menos de una milla a popa de ellos.


El buque francés Philippar George tenía un atractivo aspecto. Su primer viaje a Yokohama no tuvo retorno.


A eso de la medianoche, el capitán del Georges Phillipa, Antón Vic, se retiró a su camarote después de dar las buenas noches a los últimos comensales, que se quedaron en la cubierta iluminada por las estrellas, sorbiendo champaña helado.

Dos horas más tarde le despertó el oficial de guardia, que le anunció que un camarote de pasajero de la cubierta D estaba ardiendo. Cuando examinó el camarote nº 5 de babor, advirtió que “no era un accidente local, sino un incendio que parecía ser general y muy propagado”.

Al retirarse por el pasillo para dar el toque de alarma, el capitán Vic tropezó con la enfermera Ivonne Valentín, que le dijo a gritos que su camarote, el núnero 7 también estaba envuelto en llamas. Entre los dos camarotes, en el número 6, el escritor Albert Londres no se había enterado del drama.

Tratando en vano de detener el incendio, el capitán Vic ordenó que se cerrasen todas las portillas y se parasen las máquinas del trasatlántico. A los pocos minutos las llamas se habían propagado al puente y el capitán dio la orden de abandonar el barco.


Mientras bajaban los botes salvavidas, el radiotelegrafista transmitió una serie de mensajes de socorro. Pero la transmisión quedó súbitamente cortada cuando falló la radio y cesó la fuerza del generador, Siguiendo su bien ensayado procedimiento de urgencia, el radiotelegrafista abrió el armario sellado que contenía una buena cantidad de baterías de recambio…pero allí no había ninguna batería.

Los pasajeros se cubrían la cara con toallas mojadas para pasar entre el humo acre y cegador, y el capitán Vic y su tripulación organizaron serenamente la evacuación del buque. Todos los muebles flotantes que podían emplearse como balsas salvavidas fueron arrojados por la borda, y los aterrorizados pasajeros fueron ayudados a descender por la popa a las tibias y tranquilas aguas del mar.

La breve petición de socorro del barco había sido suficiente para atraer a una flotilla de rescate en su ayuda, incluidos el petrolero soviético, dos vapores británicos, un carguero japonés y otros dos trasatlánticos.

El salvamento de los que iban en los botes salvavidas o estaban agarrados a los maderos flotantes se llevó a cabo rápidamente y la mayoría de ellos estuvieron pronto a bordo de los buques que habían acudido en su ayuda. El trasatlántico incendiado ardió durante tres días, proyectando una columna de humo que podía verse desde una distancia de sesenta kilómetros. Cuando el Georges Phillipar volcó al fin, se hundió, el 19 de mayo de 1932, en un par de minutos.


(Dibujo perteneciente a la Marima Francesa)


En el camarote numero 5 viajaba el periodista Albert Londres, que había denunciado el comercio de esclavos, y la trata de blancas, apuntando a magnates del vicio franceses y alemanes y despertando su ira. Había pasado un año en Indochina, elaborando un estudio sobre el tráfico de armas y se dice que había recibido amenazas de muerte.

Había embarcado en abril de 1932 en Shangai, con destino a Marsella.

No se halló rastro alguno de su cuerpo, que había quedado atrapado en su camarote entre los dos súbitos e inexplicables focos del incendio.



Bibliografía: Grandes crímenes sin resolver - Nigel Blundell - Roger Boar

domingo

Mozart, La Incertidumbre De Sus Restos

El 15 de diciembre de 1791, a la una de la madrugada, se extinguía en Viena la vida de uno de los mayores compositores de todos los tiempos, Wolfgang Amadeus Mozart.


El que en otros tiempos fuera uno de los músicos más admirados de la capital austríaca, y el primero en abandonar las comodidades del trabajo en una corte aristocrática al servicio de un patrón para arriesgarse a vivir única y exclusivamente de su arte, fallecía en la más absoluta miseria, con tan sólo 35 años, posiblemente como consecuencia de un fallo renal motivado por un episodio agudo de fiebres reumáticas, dejando tan sólo sesenta florines que no daban ni para un ataúd individual.


Enterrado una fría y lluviosa mañana en una fosa común del pequeño cementerio de Sankt Marx, en las afueras de Viena. Sus familiares sólo lo acompañaron un trecho del trayecto del cortejo que trasladó sus restos desde la catedral de San Esteban al cementerio de Saint Marx, donde el cadáver del compositor sería inhumado, con la única presencia en el lugar de los enterradores, en una fosa común donde cabían 16 cuerpos pues en aquella época estaban prohibidos los entierros en las iglesias por el olor insoportable que exhalaban los numerosos cadáveres depositados en las criptas en condiciones higiénicas deficientes.
No quedó señal alguna del lugar donde fueron a parar sus restos.

Solamente había un testigo del sitio, el hijo del guardián del cementerio, quién años más tarde, cuando la fosa fue removida para albergar nuevos cuerpos, aprovechó para recuperar el cráneo del músico, aunque no se sabe dónde se conservó hasta 1842, cuando se hizo con él un grabador llamado Jakob Hyrtl. El grabador lo legó en 1868 a su hermano Joseph, un profesor de Anatomía que a su vez se lo mostró a su compañero de estudios Ludwig August Frankl, primer autor de una descripción documental detallada de la calavera. Hyrtl donó después el cráneo a la ciudad de Salzburgo, pero la valiosa reliquia desapareció poco después y no llegó a la ciudad natal de Mozart hasta 1902 dónde puede verse en la fundación de Mozarteum. Desde entonces ha sido objeto de investigaciones en numerosas ocasiones.

Coincidiendo con el 250 aniversario de su nacimiento, la ardua labor de analizar el ACN de este cráneo y el de algunos restos de los familiares directos del Mozart, entre otros los de su padre Leopold y su hermana Nannerl, una sobrina de Mozart, Jeanette, y a la abuela materna de ésta, Euphrosina Pertl para demostrar su autenticidad, discutida desde la misma fecha de su hallazgo. Además, la información genética extraída de dos pelos que supuestamente pertenecieron a Mozart también resultó ser distinta en cada una de las muestras capilares y no coincide ni con las pruebas a que fue sometido el cráneo ni tampoco a los restos de las presuntas parientes del compositor.


De esta forma, se dispone de cinco pruebas de ADN que ofrecen distintos resultados los datos genéticos de la supuesta sobrina y la abuela, los provenientes de lo dientes del cráneo atribuido al compositor y los de las muestras capilares procedentes de dos mechones conservados en la Fundación Mozarteum.


La incertidumbre sobre la autenticidad de la supuesta calavera de Mozart es ya centenaria y tiene mucho que ver con las circunstancias de su fallecimiento, y el entierro sin testigos familiares de los restos del maestro.


Datos: Terra Actualidad

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