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viernes

El Seabird, La Goleta J.C. Coussins, El Rosalie

El Seabird

Los granjeros y los pescadores que vivían en una aldea de Pearson Beach, cerca de Newport (Rhode Island), advirtieron cierto día de 1850 que un navío marchaba directamente hacia la costa.
Las velas estaban desplegadas y las oriflamas ondeaban al viento. Como el navío no parecía corregir su ruta y se dirigía hacia un banco de arena, los observadores se extrañaron primero y se inquietaron después. La catástrofe era inevitable. 
Pero ¿Qué hacía el comandante del buque? Pues bien, el navío embarrancó suavemente, sin sufrir daño, ante la muchedumbre que había congregado. Pudo leerse inmediatamente el nombre que estaba inscrito en la popa. Se trataba del Seabird, al que se esperaba, en efecto…pero en el puerto. Muchas personas subieron rápidamente a bordo, impacientes por conocer la razón de una maniobra tan absurda, pero no había nadie para responder a las preguntas que les quemaban los labios.
El café hervía en los hornillos, y el desayuno para la tripulación estaba listo. Los libros de a bordo estaban al día, y los instrumentos de navegación seguían en perfecto estado. Sólo un gozque estaba tranquilamente sentado sobre el puente.
Era inconcebible.
No sólo todo estaba en orden, sino que un olor a tabaco flotaba todavía en el sollado…Por tanto, era posible que un drama hubiera tenido lugar a bordo mientras el Seabird se encontraba aún cerca de las costas. 

Se adelantó la hipótesis de unos crímenes, de un motín que habría terminado con una matanza general, pero ningún cuerpo fue devuelto a la costa durante las semanas que siguieron. Se formuló la pregunta de si un monstruo marino habría devorado a la tripulación, pero si hubiera sucedido esto, como también en el caso de un motín, se habrían encontrado huellas, heridos, supervivientes, algún desorden…

El navío estaba en perfecto estado y se encontraba a punto de arribar a buen puerto. La tripulación iba a desayunar cuando la costa se perfilaba en el horizonte. Ninguna tempestad amenazaba. Se diría por tanto, que una “fuerza determinante” escamoteó a estos hombres. En cuanto a la encuesta oficial, se limitó a comprobar estos hechos.

La Goleta J.-C. Coussins

Un suceso como el anterior se hubiera podido clasificar inmediatamente en la categoría de fenómenos inexplicables, si, por una extraña coincidencia, no se hubiera producido de nuevo.
En 1883, otro caso de desaparición, de una rara semejanza con el del Seabird se produjo cerca del faro de Camby, en Oregón.

Una mañana soleada, los guardacostas que estaban instalados en este faro observaban tranquilamente las maniobras de la goleta J.-C. Coussins, de veintiséis metros de eslora, que navegaba rumbo al oeste. De pronto, sin razón aparente viró de bordo y se echó sobre un banco de arena con las velas correctamente izadas. Cuando la goleta abordó los rompientes, los testigos esperaban que anclara, pero nada de esto sucedió. Los mástiles oscilaron violentamente en el momento del choque contra el banco de arena. Se esperaba entonces que los marineros se echaran al agua para alcanzar la orilla a nado después de esta falsa maniobra, pero no apareció ninguno. No se observó señal de desorden ni se lanzó al agua una sola embarcación.

Cuando las autoridades subieron a bordo, el puente estaba desierto. Las embarcaciones permanecían sobre sus basadas, y todo seguía en perfecto orden. En la cocina, la sartén aún estaba caliente. El agua para las patatas se había evaporado. Por lo demás, la comida estaba servida en la cabina, aunque nadie la había probado. En el sollado reinaba el mismo orden, y la última inscripción en el diario de a bordo, fechada aquel mismo día al amanecer, no señalaba nada de particular.

El café hervía, un cierto olor a tabaco flotaba en el sollado. Se había evaporado el agua de las patatas… No deja de ser extraño que los marineros de estos navíos – recuperados desiertos- no fueran encontrados nunca.

El Rosalie

El Rosalie fue recuperado, en 1940, a la deriva, sin nadie a bordo pero en perfecto estado. Era un gran navío francés que se dirigía a La Habana. Solo había a bordo un canario medio muerto de hambre en su jaula. La mayor parte de las velas estaban izadas y la carga intacta.
¿Cómo podría pensarse en un acto de piratería cuando la carga, en estas inexplicables desapariciones, no había sido tocada?
Nada parece menos probable. En principio, una epidemia pudo diezmar a las tripulaciones, pero los cadáveres habrían debido encontrarse a bordo. De hecho, tan solo la locura podría parecer una explicación, pero sería extraño que una epidemia provocara en cada ocasión un estado de demencia como éste. Una cosa parece segura: si la hipótesis fuera cierta, debieron al menos encontrarse huellas, cuerpos…

De cualquier modo, numerosos comités de investigación lo consideraron actos de piratería. Otros hablaron de “navíos malditos” y cayeron en la superstición. Algunos emitieron la hipótesis de una aberración natural, atmosférica o de otro género, pero es difícil imaginar como un fenómeno así podría hacer desaparecer tripulaciones enteras sin dañar los navíos ni dejar huella alguna: velas desgarradas, desorden, destrozos… 
Los navíos fueron abandonados sin ninguna alteración en el orden de las tareas, exactamente como si los tripulantes los hubieran abandonados con la intención de volver a ellos enseguida, o bien dejándolo todo sin disgusto.

Fuente de Datos: 
* "Desapariciones Misteriosas" - Patrice Gaston
Imágenes: 
*Internet

Desapariciones En El Mar


Más allá de las islas, de las tierras, de los continentes enteros, existe un universo prácticamente desconocido, poblado por una fauna pintoresca y dotada de una vida extraña, impalpable, casi imposible de sospechar.
Los océanos rebosan de enigmas, de zonas malditas, de lugares prohibidos a la navegación. Millares de hombres y cientos de navíos se han desvanecido en ellos, sin que se conozca el número exacto, desde hace siglos. Y, entre ellos, fueron muchos los que no lanzaron la más mínima llamada de socorro, incluso hoy día, en que los navíos disponen de un material de radio a toda prueba.

Son casos que desafían a toda lógica. No afecta tan sólo a pequeñas embarcaciones pesqueras desprovistas de radio, a las que una tempestad habría destruido, sino también a navíos modernos, muy bien equipados para lanzar mensajes de urgencia en caso de peligro, sin embargo en todos los casos el silencio fue total. Ningún indicio subsistió sobre el origen de estos dramas inexplicables. ¿Por qué fantástico fenómeno todos estos navíos han podido ser absorbidos? Y si existe un fenómeno así ¿Cuál puede ser su naturaleza? Una llamada de socorro no necesita más que algunos minutos… 

En los años que van de 1929 a 1954, sin incluir la Segunda Guerra Mundial, doscientos veintidós barcos desaparecieron en el océano sin emitir la señal de alarma, y en 1970 y 9171, trescientos cincuenta navíos desaparecieron sin dejar la menor huella. Las agencias navieras declaran cada año entre ciento sesenta y trescientas desapariciones de navíos, de los cuales, muchos de ellos no se ha vuelto a tener ninguna noticia más. Evaporados en el mar.
De hecho, el origen de muchos de estos sucesos inquietantes se nos escapa siempre, a pesar de algunos comunicados oficiales tranquilizadores oportunamente difundidos. Se trata de un enigma tal que conviene reconsiderar los métodos tradicionales de investigación para aplicarse a él, en lo posible, con un nuevo estado de ánimo.

La Boussole y el Astrolabe

En 1786 Francia organizó una de las más grandes expediciones marítimas en el océano Pacífico, rumbo a Nueva Zelanda y Australia. Dos magníficos navíos, la Boussole y el Astrolabe, dirigidas por el marino francés Jean François Galaup, conde de La Pérouse, abarrotados de científicos, cartógrafos, astrónomos y botánicos, surcaron las aguas del Océano Pacífico con destino a la isla de Pascua y Hawai, llegando luego a Corea y Japón. Siguieron por la isla de Sakhalin, descendiendo hacia Australia, explorando la Samoa y Tonga, tratando en vano de aterrizar en la isla de Norfolk (situada entre Nueva Caledonia y Nueva Zelanda) en enero de 1788.

 (La Boussole y el Astrolabe) 

07 de febrero 1788, el navegador de La Perouse escribió su última carta al gobierno francés expresando su intención de continuar con la expedición según lo previsto. Sería la última, luego se hizo el silencio. Nunca más se supo de él ni de la expedición.
Había ocurrido un misterioso fenómeno. Habría sido posible culpar de la desaparición a una violenta tempestad si se hubieran encontrado resto de estos dos barcos; pero a pesar de una profunda investigación, las expediciones de búsqueda no llegaron a dar una imagen exacta del origen del drama. 

(Jean Francois de Galaup, conde de La Perouse)

En aquella época, los investigadores disponían de medios reducidos y no sabremos nunca si fueron arrecifes, una tempestad catastrófica o un ataque de los indígenas los que ocasionaron estas desapariciones.

Como es natural, la Boussole y el Astrolabe no disponían de ningún aparato capaz de enviar un mensaje pidiendo socorro, lo cual hace que nos perdamos en conjeturas sobre su suerte,

En 1791, se envió una expedición para encontrarlo, pero no fue hasta 1829 que se encuentran los que parecen ser restos de su barco cerca de la isla de Vanikoro y los rastros de la masacre que había sufrido  la mayoría de los miembros de su expedición.

El fin de estos barcos, como tantos otros, que aún hoy no se ha aclarado y aún hoy sigue siendo un enigma.

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