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miércoles

El Duende Del Esparto

Aunque este es uno de los expedientes X del territorio español más conocido, merece la pena ser vuelto a tener en cuenta por ser el primero registrado en la historia de los fenómenos paranormales de España.
Fue registrado a mitad de la segunda década del pasado siglo XX, en la ciudad de Valencia.

En el mes de mayo de 1915, los vecinos que vivían en el entresuelo del número 7 de la Plaza del Esparto de Valencia, la familia Colmenero, un militar retirado y sus dos hijas, llevaban sin dormir dos noches consecutivas debido a los ruidos nocturnos que se producían en el edificio, aunque los ruidos en cuestión no se limitaban solamente a las noche: también se producían por las mañanas y a últimas horas de la tarde.
Creyendo que los causantes de los mismos eran los inquilinos del principal, tomaron el camino de quejarse a los mismos. La sorpresa fue mayúscula cuando éstos aseveraron que no eran ellos los responsables, declarando además que también eran molestados por extraños ruidos, aunque más atenuados. Y efectivamente así ocurría en el segundo y en la planta baja, amén de los edificios colindantes.
Los ruidos, que parecían no tener punto fijo de procedencia, entraron en el radio del misterio, y para algunos, en el orden sobrenatural, haciendo que los vecinos comenzaran a atemorizarse.

Fachada de la casa misteriosa de la calle del Esparto nº 7


En la primera semana del mes de Junio la situación tomó tintes de alarma haciéndose insostenible, por lo que las autoridades (Jueces, policías, arquitectos, y hasta el gobernador civil, Montilla y el juez municipal García Mustieles), prescindiendo de mitos y atentos al mundo físico, practicaron, un espectacular despliegue. Se acordonó la zona y se hicieron inspecciones oculares, interrogatorios y registros por todo el inmueble al frente de unos cuarenta agentes de policía.
Sin embargo las investigaciones no dieron ningún tipo de resultado, y los funcionarios gubernativos intentaron cerrar el caso con la siguiente explicación:

“A las diez de la noche comenzaron los ruidos. Estos eran más perceptibles en los tabiques ligeros que en las paredes llamadas vulgarmente, maestras”.
El Gobernador Civil también explicó a la prensa:
“He aquí la causa: dos camas, un armario que antes no lo era en una pared mediera que divide dos casas, un tabique vibrante o que debe vibrar. Todo esto produce los ruidos. Los produce seguramente”.

Pero los fenómenos se siguieron produciendo. Los estruendos surgían del hogar de los Colmeneros y posteriormente, se desplazaban a las paredes de la escalera y continuaban por las vigas del edificio y expandiéndose a otros inmuebles, creando en los inquilinos cada vez más desconcierto y temor.
Como consecuencia se tomaron las correspondientes medidas preventivas que no condujeron más que a dar publicidad al caso, exaltando una intensa curiosidad.
Debido a ello la gente, enterada por la prensa, acudía en romería a la guarida de lo que ya se denominada “El Duende del Esparto”, con el intenso deseo de verle y de hablar con él.
La muchedumbre se agolpaba en la plazoleta y en las calles adyacentes de Quartm Alta y travesía de San Miguel, produciéndose a veces verdaderas batallas campales con cargas policiales incluidas, en las que resultaban heridos tanto espectadores como policías. Los incidentes se estaban convirtiendo en la vergüenza de la ciudad y de las portadas de los rotativos, en las que se dictaminaba que los espíritus maléficos eran los responsables de todos estos desagradables episodios.

Interior de la casa misteriosa. La "x" señala el lugar del que proceden los ruídos.

Indiferente a la expectación que estaba produciendo, el duende doméstico, más travieso cada vez, daba golpes que parecían acompañar la tonadilla lanzada por los curiosos “¡Que se vaya!”, acabando con un enérgico repique para volver a empezar a los pocos segundos.
Indudablemente los ruidos existían. Unas veces parecían puñetazos que hacían vibrar las paredes y otras resultaban como el golpear constante de cascos de caballos sobre el firme de la cuadra, produciendo varias trepidaciones en los edificios.
Las explicaciones que la gente daba a estos hechos iban en distintas direcciones, desde una provocación para que se marchasen los inquilinos, hasta un secuestro o el repiqueteo de una falsa fábrica de monedas. Otras de las versiones era la de que se trataba de un alma del purgatorio que necesitaba misas, o el supuesto maleficio de seres intermedios entre el espíritu y el hombre, es decir, duendes.
Pero “El Duende del Esparto” en cuestión, no hacía daño ni a niños ni a doncellas, ni pretendía hacer daño, sino que simplemente se dedicaba a tocar el bombo en la pared.
La parte humana de la opinión pública por lo general, apuntaba a que era obra de un chusco, un neurasténico o un malvado. No obstante, la gente seguía acudiendo con avidez, porque resultaba un espectáculo gratuito y fecundo en incidentes cómicos, independientemente de que también había sustos en los enfrentamientos con las fuerzas públicas.

La policia haciendo circular al público que se estaciona en el nº 7 de la calle del Esparto

No sin sorpresa se comprobó que, tanto en la catedral como en las iglesias cercanas, aumentaban diariamente el número de feligreses en las misas de cada día. Incluso se llegaron a realizar ceremonias religiosas, encargadas por las beatas, con el fin de cumplir la voluntad del supuesto difunto a quien algunos atribuían las extrañas manifestaciones, pues no faltaba quien suponía que todo aquello era una señal de las ánimas del Purgatorio.
La presión social iba en aumento de tal modo, que el Ayuntamiento volvió a realizar registros en las calles adyacentes al lugar en donde se producían los ruidos.
El 8 de julio de 1915 se cortó el acceso peatonal y los tabiques del inmueble número siete de la calle del Esparto y las casas lindantes del barrio del Carmen fueron minuciosamente escrutadas. Se colocaron micrófonos para intentar verificar en qué punto concreto empezaban los ruidos. El ingeniero de la comisión revisó concienzudamente el alcantarillado y los pozos, desde la calle de Salinas hasta la de Caballeros, además de la calle Alta, sin encontrar ninguna pista. Todo fue inútil.
No se encontró nada que pudiera relacionarse con el origen de los raps que desde el 8 de junio se venían produciendo, provocando un gran desconcierto.

Y de repente, el 13 de julio de 1915, el fenómeno que tan en vilo había traído a toda Valencia y gran parte de España, desaparecía tan misteriosamente como había aparecido.

Al día de hoy sigue sin conocerse qué o quiénes fueron los causantes del poltergeits de la casa número siete de la plaza del Esparto.

Fuentes de Datos:
*Hemeroteca Virtual Prensa Histórica :
(El Heraldo de Madrid – Mayo 1915, La Correspondencia Militar, 8 de Julio de 1915 – Mundo Gráfico, Julio 1915)
*La casa de tócame Roque – Casas Encantadas – Francisco Contreras Gil

martes

Los Ataúdes De Barbados

El caso de “los ataúdes deslizantes”, también conocido como “Los ataúdes malditos”, es uno de los casos de misterio al que no se ha conseguido dar una explicación lógica, y sobre el que han corrido y siguen corriendo ríos de tinta.

El fenómeno se ha dado en varias y distintas partes del mundo (Stanton y Suffolk, en Inglaterra, y Arensburg, en el Mar Báltico), pero el que mayor sensación ha causado y que más repercusión ha tenido ha sido el que se produjo en la isla de Barbados, en las Antillas Menores, entre el mar del Caribe y el océano Atlántico, en el cementerio de Christ Church, en la costa sur de la isla, junto a la Bahía de Oistins.


En este pequeño cementerio, los ataúdes de un determinado panteón perteneciente a una familia de la localidad, aparecieron en varias ocasiones cambiados de lugar, movidos e incluso levantados de su sitio.
A pesar de que se le ha intentado dar numerosas explicaciones, el motivo, como se ha anotado, sigue siendo un misterio.

El panteón en cuestión fue construido en 1742 a petición de la familia Walrond, propietaria de una importante plantación de azúcar de la isla. Según sus deseos fue construido en una superficie de cuatro por dos metros, con grandes bloques de coral unidos con cemento y como bóveda una losa de mármol, sin embargo, antes de que fuera ocupado, la familia decide venderlo a otra familia, los Elliot, a fin de que fueran enterrados en él los restos mortales del coronel Thomas Elliot, enterramiento que no llegó a realizarse al ser éstos arrojados al mar en última instancia, según deseos del finado.

El panteón sigue vacío hasta el 31 de julio de 1807, en que se da sepultura a un pariente lejano de la familia, Thomasina Goddard. Después de su enterramiento es vendido a la familia Chalse, muy importante en la isla, de miembros con antecedentes criminales, y un patriarca, el coronel Thomas, sumamente violento, de extrema crueldad con sus esclavos y adicto a todo tipo de vicios.

El 22 de Febrero de 1808 son llevados al panteón los restos la hija menor de Thomas, Anna Marie Chase. La muerte en extrañas circunstancias de la pequeña fue a todas luces producida por su agresivo padre en un ataque de furia. Fue enterrada en un ataúd revestido de plomo.

El 6 de Julio de 1812 de abre de nuevo el panteón para dar sepultura la Dorcas Chase, la hija mayor del coronel, incitada al suicidio por su propio padre.
La sorpresa se produjo al introducir el ataúd de Chase en el panteón. Entre tenues luces de quinqués que portaban los esclavos, intentando traspasar la densa atmósfera del interior, todos los presentes vieron como el ataúd de Marie Anne había sido movido hacia el rincón opuesto que ocupaba, y el de la señora Goddard embestido contra una pared.
Dado que ambos féretros estaban revestidos con plomo, nadie se explicaba cómo había podido producirse tal accidente.
La confusión y el caos que se produjo, hizo que se acelerara el enterramiento y se volvieran a colocar en su lugar de origen, sellando pulcramente la losa de mármol de la cripta.
Enfurecido, Chase culpó de la profanación a los esclavos, quienes lo negaron rotundamente, dado el alto grado de superstición que en ellos se daba, sobre todo en estos lugares.

Menos de un mes después el violento coronel Chase fallecía, y el 9 de agosto de 182 una comitiva con sus restos fúnebres se dirige de nuevo hacia el panteón, ya definido por algunos como maldito, para darle enterramiento.
Sin embargo cuando se procedió a abrir la cripta se comprobó que todo estaba en el lugar en que había sido dejado un me antes, por lo que muchas bocas se cerraron y se pensó que tal vez lo ocurrido anteriormente había sido fruto de algún seísmo producido en el lugar.

En Oistins todo volvió a la normalidad… hasta cuatro años más tarde.
El 25 de Septiembre de 1816 la tumba se abre de nuevo para acoger los restos de otro de los hijos de Chase, el pequeño Samuel Ames Brewster.
La sorpresa fue mayúscula cuando de nuevo volvieron a aparecer los ataúdes desordenados, sin que la losa que cubría la cripta mostrara indicios de haber sido manipulada.
Nuevamente las sospechas cayeron sobre los desdichados esclavos, que volvieron a proclamar su inocencia culpando de ello a los espíritus, pues según decían y con razón, no existía sospecha alguna de que la losa hubiera sido manipulada, contando además la cripta con una sola entrada.
Se vuelve a colocar todo en su posición original y de nuevo se sella la entrada.

La familia Chase decide que el féretro de un familiar que reposaba en el cementerio de St. Philips, fuera trasladado al panteón de la familia, por lo que El 17 de noviembre del mismo año se procede a realizarse el traslado.
No es de extrañar que ante tal acto se congregaran en el cementerio una gran cantidad de personas intrigadas por ver si el fenómeno se había producido de nuevo. Y efectivamente así fue. El ataúd de la señora Goddard se encontraba roto y desplazado hacia la pared opuesta de su emplazamiento. Todos los demás habían sido movidos y cambiados de lugar, encontrándose desordenados por el suelo.
Se ordenó inspeccionar minuciosamente la cripta no encontrándose indicio alguno de que hubiera sido profanado, con las paredes y techo en perfecto estado. Allí no había entrado nadie.

La noticia corrió como la pólvora entre la población y los alrededores, creando un notorio interés. Así, cuando el 17 de julio de 1819 se iba a proceder al enterramiento de Thomasina Clarke, centenares de personas se congregaron ante la cripta, incluido el gobernador de Barbados.
Una vez abierta la losa de mármol por los albañiles y esclavos, apareció ante los atónitos ojos de los espectadores el interior hecho un verdadero caos. Los ataúdes se encontraban desparramados por el suelo, algunos hacia abajo y otros apoyados contra la pared. Hay que hacer constar que cada uno de ellos podía llegar a pesar 200 kilos, siendo necesaria la fuerza de varios hombres para cargarlos.
La consternación fue tal que el mismo Gobernador se hizo cargo de una inmediata investigación. Sus hombres buscaron pasadizos secretos, grietas o pistas que pudieran esclarecer los hechos, pero el resultado fue negativo.
Se colocaron nuevamente los féretros en sus lugares y se cubrió el suelo con arena fina con objeto de obtener huellas de un posible visitante. Se selló la losa de entrada y se esperaron unos meses para volver a abrirla y comprobar si los fenómenos habían vuelto a producirse.


El 18 de abril de 1820 Gobernador y autoridades procedieron a comprobar que todo estuviera en orden. Efectivamente los sellos estaban intactos y la losa de entrada tal y como la habían dejado meses antes. Todo estaba bien fuera. Pero no dentro.
Cuando intentaron retirar la losa un extraño chirrido retumbó en el ambiente. Uno de los grandes ataúdes revestidos de plomo se encontraba apoyado contra ella. El féretro de Mary Anna había sido arrojado al fondo de la cripta con tanta violencia que incluso había dañado la pared de coral. Los demás ataúdes estaban difuminados por el suelo. Sin embargo en el suelo no había ni una sola huella. Ningún ser humano había penetrado en la cripta. Tampoco había señales de inundación. Todas las trampas que ordenó poner el gobernador estaban intactas, quedando evidente que ni los esclavos negros, ni algún bromista había podido realizar el macabro acto.



Se empezó entonces a especular con los siniestros espíritus de los esclavos y sus influencias con el más allá, o de fuerzas sobrenaturales o paranormales que se escapaban a la comprensión humana. Uno de los partidarios de ésta última opción fue el escritor sir Arthur Conan Doyle, que pensaba que los ataúdes se movían a causa de extrañas energías o fuerzas sobrenaturales que supuestamente poseen los cuerpos de los que mueren prematuramente, como el de la joven Mery Anne o Dorcas, y el niño Samuel Brewster.
Otra hipótesis es la que da George Hunter, autor de “Barbados”, que opina que el fenómeno pudo deberse al gas que expulsan los cuerpos en descomposición.
Se barajó también la posibilidad de las inundaciones y que los féretros hubieran podido flotar, sin embargo el panteón no solo era estanco, sino que además se encontraba en una zona elevada del terreno. Tampoco había corrientes subterráneas.
Igualmente se intentó dar una explicación con los temblores de tierra. La isla de Barbados está situada sobre un cinturón sísmico, y cercana a un volcán, lo cual hubiera provocado los deslizamientos, pero ¿solamente en el panteón de la familia Chase?
Todas las hipótesis se caían por su propio peso.


Tras este último acontecimiento, los ataúdes fueron trasladados a otro lugar del cementerio y se procedió a dejar el panteón totalmente vacío.

Los fenómenos nunca más volvieron a producirse.


Fuente de Datos:
*“Crónicas del Misterio” – Lorenzo Fernández Bueno – Editorial Edaf.

jueves

El Rostro De Cieza

 Los vecinos de un edificio de la población murciana de Cieza, llevaban cierto tiempo extrañados y preocupados sobre un extraño fenómeno que se estaba produciendo en el propio inmueble.
Edificado sobre un antiguo solar, la construcción del nuevo edificio era reciente, y realizado con materiales de calidad, algunos de ellos tales como el “Mármol de Alicante”, del cual estaba revestida la entrada del mismo.

Era en una de las losas, a unos diez metros de la  entrada, donde se estaba produciendo algo insólito: cada vez con mayor intensidad y claridad, en la referida losa estaba apareciendo la cabeza y el busto de lo que sin lugar a duda era un hombre de avanzada edad, cuyos rasgos eran claramente visibles.

Al principio con cierto escepticismo, y luego con más naturalidad, los vecinos comentaban el extraño fenómeno, y daban buena cuenta de la semejanza de la imagen con la del antiguo y difunto propietario de los viejos terrenos.
Este hombre habría muerto en extrañas circunstancias, según algunos, asesinado en el mismo lugar.
Los vecinos del inmueble no llegaban a ponerse de acuerdo en sacar el caso a la luz, tal vez por temor a que su morada fuera invadida por especialistas y periodistas, pero tampoco les era agradable convivir diariamente con una imagen siniestra, sobre todo por todo lo enigmático que encerraba su aparición.


Dispuestos de una vez por todas a salir de dudas, hicieron un llamamiento a los investigadores pertinentes de la SEIP ( Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas ), que se presentaron en el lugar de los hechos con sus correspondientes equipos de trabajo para estudiar el caso, quienes además de quedar impresionados por el realismo de la imagen, comenzaron a trabajar en principio por analizarlo, mediante el uso de determinados sistemas de amplificación, comprobando que se trataba de algo genuino y auténtico. Nada ni nadie podría haber manipulado aquella imagen que se mostraba en el suelo.

Igualmente procedieron, intentando buscar explicaciones lógicas, a examinar otras placas de mármol del mismo suelo que tuvieran las mismas características comunes, de las cuales extrajeron seis que parecían tener el mismo origen en el mismo bloque de mármol. Mediante un programa informático seleccionaron parte de la imagen buscando similitud entre las otras seis losas, y las superpusieron con el fin de ver la posibilidad de un efecto casual.
Sin embargo ninguna de las técnicas empleadas dieron como resultado la hipótesis de que el hecho pudiera tener un origen paranormal, quedando la incógnita de si algo se escapaba en sus estudios que pudiera corroborar que verdaderamente se trataba de una auténtica teleplastia o si era simplemente un juego de la naturaleza.
 Hay que dejar constancia de que en ningún momento desde que se apareció el fenómeno, se manifestó ningún otro tipo de actividad paranormal en el edificio.

Los vecinos, al día de hoy, siguen aseverando el gran parecido entre la imagen de la loza y el antiguo propietario desaparecido en extrañas circunstancias.

miércoles

El Enigmático Final De João Prestes

El día 5 de Marzo de 1946 ocurrió un extraño y macabro suceso que tuvo por escenario el pueblo de Araçariguama, en el distrito de San Roque del estado de Sao Paulo en Brasil.
Araçariguama era una villa sin luz, agua corriente ni alcantarillas, su crecimiento apenas si se había incrementado y en él abundan serpientes venenosas y animales propios de la selva. Era uno de los pueblos más antiguos de la región, fundado trescientos años antes, donde vivían los "bandeirantes", los conquistadores de las inmensidades territoriales de Brasil.

Ese día de 1946 era martes de Carnaval y todo el mundo estaba dispuesto a divertirse, pero un extraño fenómeno luminoso convertiría la fiesta en tragedia. El protagonista y víctima fue un agricultor de cuarenta años, robusto, de nombre João Prestes Fiho. Con su amigo Salvador Do Santos prefirió ir al río a pescar, indicando a su familia que dejara una ventana de la casa entreabierta para poder entrar a la vuelta, puesto que todos habían decidido ir al Carnaval. Estuvieron pescando en el río Tieste hasta bien entrada la tarde; y a eso de las 7:30 regresaron el bicicleta, separándose en una bifurcación de caminos, cada uno de ellos hacia su casa.
Cuando João estaba a punto de entrar en su casa por la ventana que le habían dejado entreabierta, un “chorro de luz” lo deslumbró. Procedía de algo que estaba estacionado por encima de la vivienda, pero él no vi qué. Era tan potente y molesto que el hombre tuvo que cubrirse el rostro con las manos. Cayó al suelo aturdido, aunque sin llegar a perder el conocimiento. Cuando pudo levantarse, lo hizo y corrió al pueblo. Al parecer no le había sucedido nada, pues podía moverse con normalidad. Recorrió los pocos kilómetros que lo separaban de su casa de la aldea en una hora y llegó hasta la casa de su hermano, a quien relató lo sucedido. Pronto se reunieron en torno suyo algunos vecinos, preocupados algunos por su estado de salud, y otros simplemente curiosos. Ni en su cuerpo ni en su ropa aparecían señales de violencia o de quemaduras.

Pero unos minutos más tarde todos los presentes fueron testigos de una escena que no olvidarían jamás: la carne de João Prestes adquirió el mismo aspecto que si la hubieran cocido durante muchas horas en agua hirviendo; empezó a desprenderse a jirones de los huesos, cayendo grandes trozos de la mandíbula, pecho, brazos y piernas. El pobre hombre parecía no sentir dolor alguno, aunque todo su cuerpo era una horrible mutilación. Sonidos ininteligibles salían de su boca. Rápidamente se organizó su traslado a un hospital de Parnabia, pero João Prestes llegó, obviamente cadáver. El certificado de defunción fue redactado en estos términos: “muerte por quemaduras generalizadas”.

El difunto dejó cinco o seis hijos y la viuda.

La familia de João se resistió a volver a la casa después de lo ocurrido considerándola una casa maldita, por lo que en los años 60 la policía procedió a derrumbarla.
Pero en el pueblo de Araçariguama y en sus alrededores se siguieron sucediendo fenómenos extraños aún después de la muerte de João.

Un año después de la muerte su muerte su hermano, Emiliano Prestes, encontrándose cerca del cementerio, observó dos bolas de fuego que ascendían, se golpeaban entre sí, y volvían a subir repitiendo la misma operación, hasta que de repente comenzaron a rodearlo sintiendo él un intenso calor. Presa del miedo se arrodilló y comenzó a rezar hasta que las luces se alejaron.
Luces similares se siguen observando cerca de allí, en Ibaté, entre Araçariguama y São Roque, que cuando se golpean sueltan chispas pero no se deshacen.
Celso Gomide, un conductor de autobuses, venía de São Roqueen en 1960 cuando divisó una luz roja que le hizo parar el vehículo. La luz se aproximó a la cabina y Gomide, asustado, se puso a rezar. Los pasajeros se quedaron perplejos ante la insólita luz que les rodeó durante más de 20 minutos.
En 1989 una especie de sombrero del revés fue visto sobrevolando el cementerio. Los testigos afirmaron que era como de aluminio y que destellaba, moviéndose en línea recta y balanceándose y se dirigió en dirección a São Paulo.
En 1995,Giomar Gouveia, campeón de hípica y dueño de unos establos en Ibaté, vio una luz sobre sus animales que desprendía rayos de luz de color naranja.

El caso de João Prestes se ha seguido investigando a pesar del tiempo transcurrido y entrevistado a testigos directos, como el de un exaprendiz de enfermero. Según sus declaraciones se llegó a la conclusión que las quemaduras de Prestes se asemejaban a los efectos indirectos de una explosión nuclear. Tal como ocurrió con algunas víctimas de Hiroshima y Nagasaki, la radiación afectó a las células vivas pero no a las muertas, como los tejidos de las ropas y los cabellos, algo sorprendente porque en 1946 era difícil que alguien tuviera en Araçariguama una fuente de emisión de partículas atómicas de potencia controlada y encauzada.
El enfermero reveló que se desprendían tiras de carne de los brazos de la víctima, exponiendo de esa manera sus huesos y tendones sin que manifestara cualquier atisbo de dolor. Las partes más afectadas fueron el rostro y los brazos, pero sin presentar ennegrecimiento, sino descomposición, y que la camisa, el pantalón y los cabellos de João permanecían intactos.
También se supo que en el día de la muerte de João Prestes, un funcionario del ayuntamiento de Araçariguama, Alencar Martins Gonçalves, vio una bola de fuego en las cercanías del cercanías del cementerio.
Igualmente a finales de los años 70 y principios de los 80, se produjeron muertes similares en el estado de Pará, región amazónica de Brasil.

Al día de hoy la extraña muerte de João Prestes sigue siendo un misterio.

Fuente de Datos:
*Lo desconocido -Profesor Jiménez del Oso

sábado

Fenómenos En El Cementerio de San Miguel

Nota: Todas las fotografías que aparecen en esta entrada son del Cementerio de San Miguel de Málaga, cuyo autor, Narciso del Río, las tiene alojada en sus páginas digitales Ojo de Pez (blogger) y Ojo de Pez (Comunidad El Pais)

El mes de Noviembre es por excelencia el mes de los difuntos. Durante sus 30 días la visita a las tumbas es continua, así como el proceder a su limpieza y adornarlas con flores.

El Cementerio de San Miguel, en Málaga, no es una excepción. Es un cementerio antiguo, cargado de historia y con panteones monumentales y de gran belleza.

El Padre José Fernández, cuidador del mismo y encargado de la capilla, siempre se ha sentido orgulloso del mismo y prodigado sus rezos y ofrendas a los difuntos allí sepultados.

Sin embargo el mes de Noviembre 1985 no fue un mes como todos los de los demás años. El tiempo parecía haberse vuelto propicio para el recuerdo y el recogimiento y sus días amanecían pragmados de bruma neblinosa y húmeda, convirtiendo en retazos las siluetas de los panteones.

El padre José Fernández llevaba ya algunas noches del citado mes de Noviembre durmiendo en el interior de la capilla ya que su casa, situada al lado, estaba siendo reformada. No le importaba a él dormir en una pequeña celda dónde recitaba sus oraciones antes de dormir. Esa noche, y en medio de la oración, sintió una imperiosa necesidad de salir fuera para seguir orando en el exterior.

Una ráfaga de frío viento le azotó el rostro, y un torbellino de hojas secas caídas de las ya desnudas ramas le envolvió los pies. Eran las dos de la madrugada.

De repente todo quedó en silencio. El viento cesó y las aves nocturnas cortaron de repente sus gritos, pero él comenzó a escuchar algo que identificó como un lamento, el desolado lamento de un niño de corta edad. Se quedó inmóvil para poder prestar mejor atención y descubrió que dentro de ese quejido eran pronunciadas unas palabras: ¡“Mamá, Mamá”!

Completamente seguro de que no se trataba del grito de algún animal (a veces los gatos semejan con sus maullidos el llanto de bebes), ni que el murmullo del viento le estaba jugando una mala pasada siguió con valentía el sonido del misterioso lamento y de repente se encontró ante un nicho determinado de cuyo interior salían los lloros.

El nicho en cuestión estaba ubicado en la zona de adultos pero no pudo de momento conocer quién estaba allí enterrado.

Al día siguiente lo primero que hizo fue consultar los libros de defunciones del archivo de la necrópolis, y descubrió sorprendido que en aquel nicho reposaban los restos de un niño pequeño, de dos años, muerto de leucemia. Por algún extraño motivo fue enterrado en la zona de los adultos en lugar del destinad a los inocentes infantes.

Desde entonces el fenómeno se ha repetido asiduamente, a distintas horas y con diferentes matices: Gemidos, lloros, o susurros apagados.

Más de una vez ha visto el Hermano José Fernández entrar corriendo en la capilla a un niño de corta edad a deshoras (horas en las que el cementerio estaba cerrado al público). Cuenta que en realidad era una visión difuminada, que pasaba a gran velocidad y cuando él se giraba para poder ver la silueta completamente, ésta desaparecía.

También ha conseguido verlo a los lejos por distintos lugares del camposanto, ataviado con unas vestimentas blancas y vaporosas, estando sus pies por encima del nivel del suelo, como flotando en el aire. El Hermano José está convencido de que el niño está intentando hacerse ver aunque muy sutilmente.

Más sucesos inexplicables

A partir de esa misteriosa e inolvidable noche los sucesos inexplicables no han dejado de sucederse dentro de la necrópolis de San Miguel. Parece que dentro de sus muros alguna fuerza desconocida no deja descansar en paz a los difuntos.

Los principales testigos de dichos fenómenos son los vigilantes de seguridad, ya que realizan su trabajo en horas nocturnas y cuando todo está en solitario.

Uno de los mencionados vigilantes optó después de sufrir una gran depresión, por abandonar el trabajo debido a lo ocurrido una noche casi en las puertas del cementerio. El vigilante referido J. R. G., un hombre que nada cree de estos temas, vivió una experiencia que como ya anoté anteriormente describe como la mas aterradora de su vida.

Los vigilantes suelen hacer 3 o 4 rondas por el interior del recinto a lo largo del turno durante la noche. Nuestro testigo llegó aquella noche a su puesto de trabajo, y se dirigió a la cabina de descanso, ubicada en los exteriores, esperando que llegara su turno de la primera vuelta, y mientras tanto, como acostumbraba a hacer casi siempre, llamó a su esposa a casa para saludarla.

Mientras hablaba con su mujer, J. R. G. escuchó de fondo una voz masculina, que articulaba palabras inconexas. Sorprendido y furioso al pensar que su esposa no estaba sola le preguntó que con quién se encontraba, pero ella lo tranquilizó asegurándole y jurándole que estaba sola. Calmado al fin pero mientras seguían hablando, la comunicación se cortó con un sonido de interferencia. Perdió la conexión con su esposa y pasó a ocuparla una voz masculina, muy fuerte y cavernosa, casi metálica, que dijo: !Dentro te espero! De nuevo se escuchó la interferencia y acto seguido la voz de su mujer preguntando qué había ocurrido, ya que se habían dejado de escuchar durante breves segundos.

Esa noche el vigilante no hizo ningún turno de ronda por el recinto. Poco después y tras atravesar malos momentos psicológicos, se despidió de la empresa.

Otros antiguos vigilantes que han pasado largas horas en el recinto, afirman haber oído pasos indefinidos que se aproximaban en la distancia para luego volver a alejarse. Cuentan que una de las noches los murmullos en el aire incapaces de identificar, pero eran tan evidentes que sintieron auténtico pavor. Han pasado miedo, sí, pero ese es su trabajo y tienen que enfrentarse a veces a situaciones tan adversas como estas.

P. D. E. cuenta que una noche al ver a su compañero tan asustado, quiso gastarle una broma y pidió a voz en grito una señal. En ese mismo instante sintió un agudo pitido en el oído que lo dejó sordo por unos minutos. Dicen que desde entonces todo se lo toman totalmente en serio, haciendo su trabajo casi sin hacerse notar.

No son esas las únicas experiencias que han vivido. Algunas noches mientras se encontraban en la sala de descanso escuchaban lápidas de nichos caer al suelo haciéndose añicos. Salían atemorizados a buscar el lugar u nunca encontraban nada. Curiosamente, a los pocos minutos de volver a la sala, el fuerte sonido volvía a hacerse presente, sin que tampoco dieran con el origen del mismo.

En otras ocasiones, les sucedió lo mismo, pero en este caso realizando rondas internas, pero en ningún momento, ni incluso al despuntar el alba, lograron encontrar ninguna piedra o losa rota en el suelo. Algo que les dio mucho que pensar.......

Maria Marta

Penetrar en el cementerio de San Miguel es como pasar a través del tiempo. Allí podemos ver panteones de celebridades y personajes y la antigüedad le da ese color un poco vejado por el paso de la vida.

Entrando por el camino principal se pasa al segundo patio de nichos, en cuya esquina superior derecha encontramos esa zona destinada los enterramientos de niños y fetos. En uno de esos nichos se encuentra los restos de la niña María Marta, que falleció a los pocos años en un accidente de coche.

Al igual que el niño Antoñito, la pequeña María Marta se deja ver al Hermano José y a algunos vigilantes de seguridad en las horas del crepúsculo cuando se clausura el cementerio. Afirman verla en aquel rincón, con el cuerpo inerte y semitransparente.

Don Elíseo

En el mes de Enero de 1946 falleció Don Elíseo, párroco encargado de llevar a cabo por aquel tiempo los actos eclesiásticos de la capilla. Era un hombre de carácter agrio que andaba siempre enfurecido, muy reservado y a veces desagradable. De recto proceder pasó su vida entre recto y autoritario.

Hoy día, existen personas que afirman haber observado el caminar de un hombre mayor ataviado de hábitos monacales, por entre los panteones. Muy pocos sabían que el único mortal con túnica del lugar, era el Hermano Pepe. Así que cuando este recibía la noticia, quedaba sorprendido, ya que la descripción de aquel misterioso señor se correspondía perfectamente con la de Don Elíseo.

4 de Mayo de 2005. Más de quince personas se congregaron frente a un discreto y humilde panteón del cementerio malagueño (San Miguel), ubicado en la barriada de Fuente Olletas, en Málaga. Un pequeño módulo vertical, una fotografía impresa en el mármol y una placa donde reza: Jane Bowles, Nueva York 1917 Málaga 1973, conforman el sencillo enterramiento. La mayor parte de los presentes son familiares, amigos o lectores de la desaparecida escritora norteamericana.

A eso de las cinco de la tarde, los congregados en la necrópolis encendieron velas en su memoria, y colocaron junto a su tumba numerosas flores. A pesar del tiempo que ha transcurrido desde su muerte, parece claro que la figura de la gringa permanece impresa en la memoria de sus admiradores y seres allegados.

De pronto, uno de los allí reunidos levanta la vista y queda sin habla. Entre el grupo, en el cual todos se conocen entre sí, hay un personaje más. Es una mujer vestida de luto, y su rostro es extrañamente parecido con el de la fallecida literata. Tanto es así, que el asombrado señor tuvo que mirar el mármol con su fotografía, como si no conociera bien de por sí la imagen de su admirada escritora.

Tras unos momentos de desconcierto, golpea con su codo a los que están a su lado, y estos miran igualmente a la mujer vestida de negro desde la corta distancia que los separa. La mirada de la señora parece perdida, enfocada en tal caso hacia la zona del panteón. Nadie sabe como reaccionar, ni quieren alertar a todo el mundo por si se tratara de una falsa alarma.

Antes de que nadie pudiera hacer nada por verificar la identidad de la mujer, ésta se vuelve y dobla la esquina de un panteón de gran tamaño, que lleva a la zona de enterramiento de los escritores y artistas malagueños. Cuando varios de los testigos se dan cuentan de lo que ha pasado, rodean la zona por diferentes lugares.

Desgraciadamente, aquella mujer ha desaparecido sin dejar rastro. Parece haberse esfumado, ya que no había posibilidad de escapatoria ante el cerco producido.

Cuando se corre la voz, los más veteranos, aquellos que suelen visitar cada año la tumba de Jane Bowles, responden impasibles: Nos os preocupéis. Jane suele venir en el aniversario de su muerte, apareciendo entre nosotros con la misma espontaneidad con que desaparece.

El Retorno de Jane Bowles.

Los primeros en descubrir los fenómenos relacionados con la escritora Jane, fueron José Fernández, encargado de la capilla del cementerio, y los vigilantes de seguridad, que a partir de un determinado día, que coincide con la construcción del actual monumento funerario, y una vez cerrada la puerta de la necrópolis, ven pasear a una señora de aspecto extravagante, por las inmediaciones de la tumba de Bowles.

Este suceso durante las horas de público no hubiera sido extraño, ya que la escritora era poseedora de un gran círculo de amigos de varios países. Pero además de lo extraño de la hora, resultaba curioso que la dama estuviera todos los días con la misma vestimenta, en el mismo punto de ubicación (la tumba de Jane), y en la misma actitud contemplativa.

Esa misma actitud es la que llevó a los vigilantes a no acercarse en un principio a la extraña mujer, ya que temían romper algún tipo de oración en honor a la difunta. Pero cuando posteriormente intentaban mantener contacto con la señora para identificar sus objetivos, ésta parecía desaparecer tras una esquina una vez que el vigilante de turno alcanzaba la zona de la tumba.

La imposibilidad de escapar en tan escasos segundos, comenzó a resultar para José Fernández y los vigilantes un asunto de escasa explicación racional, lo que hizo que estuvieran más atentos para las siguientes ocasiones, llegando a acercarse lo suficiente para identificar en el rostro de la visitante a la misma Jane Bowles, rostro que todos conocían a través de la imagen de su lápida.

Visitante del Cementerio.

Una señora anciana asidua del lugar, puesto que un familiar suyo reposa allí, y gusta de ir a colocarle velas de manera frecuente relató una curiosa vivencia a la que se enfrentó hace años.

La señora, casi todas las veces que se acercaba al camposanto, decidía comenzar y terminar su visita realizando una oración a Dios, para lo cual se adentraba en la capilla del cementerio, y desde uno de los bancos, lanzaba su misiva a los cielos.

Todo sucedió durante uno de esos momentos de recogimiento, ya que estando de manera contemplativa en el ultimo banco de la pequeña iglesia, pudo advertir pasos resonando en la forma cónica de la sala, cuyo ángulo formaba ecos profundos. Pero no solo eso, sino que también llegó a percibir golpes en las paredes, así como el fuerte crujir de los enseres presentes.

Aunque en un principio intentó convencerse de que eran sonidos de origen natural, llegó un momento en el cual desitió de tal empresa, ya que observó asombrada de qué manera uno de los primero bancos, como empujado por una mano invisible, se arrastro casi un metro por el suelo, cambiando su posición inicial sin que nadie más que ella se encontrara en la sala.

Tal es el peso de los bancos, que tuvo que ser colocado en su posición original por dos vigilantes de seguridad. Fenómenos sin duda de difícil explicación racional.

El cementerio de San Miguel actualmente no funciona como tal debido a un contencioso. Se ha quedado casi monumento histórico, pero a pesar de eso los fenómenos extraños se siguen produciendo sin que para ellos se encuentre explicación.

Fuentes: Revista digital Mundo Parapsicológico

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