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jueves

La Explosión de Tunguska - I

El verano de 1908 dio comienzo para los habitantes, en su mayoría granjeros, de Tunguska, (Evenkía, Siberia, Rusia), de una manera extraña. Las anomalías atmosféricas crecían conforme avanzaba la estación estival, provocando la sorpresa en los astrónomos de todo el mundo. Los últimos días de junio mostraron con especial intensidad la aparición de nubes mesosféricas unidas a desconocidos desarreglos de las polarizaciones de la atmósfera y a espectaculares crepúsculos volcánicos y halos solares de gran belleza. Era el preludio de lo que acontecería jornadas más tardes.


El 30 de junio, los observatorios sismográficos de todo el planeta captaron un terremoto de dimensiones descomunales; el epicentro fue rápidamente localizado en una de las regiones más agrestes de Siberia Central, 70 kilómetros al sudeste de la factoría de Vanavara, en la Marisma del Sur. Pero ¿qué causó el movimiento de tierra? Multitud de testigos afirmaron haber observado un cuerpo gigantesco en incandescente que partió la bóveda celeste en dos, un supuesto meteorito envuelto en llamas que descendía a 7.000 kilómetros/hora y que explotó en el aire a más de 5.000 kilómetros de altitud, generando una onda sísmica que afectó a ciudades tan distantes como Irkutsk, Tashkent, Tbilisi o Jena, e incluso hizo temblar los raíles del ferrocarril transiberiano situado a 650 kilómetros del lugar de los hechos.

En el año 1927, S.B. Semenov, vecino de la estación comercial de Vanavara, declaró: 

“Estaba sentado en los peldaños de mi casa mirando al norte cuando de repente el cio se abrió por la mitad y apareció un fuego que se extendió sobre toda la parte norte del firmamento. En ese momento sentí un intenso calor, como si mi camisa estuviera ardiendo. Quise quitármela y arrojarla lejos, pero entonces el cielo se cerró y un potente golpe me tiró al suelo…”

Además, la onda expansiva de tan tremenda explosión devastó 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, y el destello de energía liberado quemó más de 200 kilómetros cuadrados de vegetación. Fue el comienzo de un incendio forestal de tal magnitud que terminó por calcinar las zonas que habían sobrevivido al impacto. Minutos más tarde dio comienzo una tormenta local magnética que perduró por espacio de cuatro horas y que produjo desarreglos geomagnéticos en la atmósfera similares a los causados por una explosión nuclear. No en vano, la capacidad de destrucción del objeto espacial tenía un potencial estimado entre 10 y 40 megatones.
El espectáculo era dantesco. Las nubes comenzaron a cubrir el cielo en actitud amenazante y una fina lluvia de gotas impuras sepultó el antes selvático vergel. En el centro de tanta desolación, un gigantesco hongo de más de 80 kilómetros de altura recordaba lo que hacía tan solo unos minutos había sucedido.
Ese mismo día fueron observadas auroras boreales junto al volcán Erebus en el Antártico, que bien pudieran haber sido causadas por el suceso registrado en Tunguska.


Las jornadas siguientes al suceso, cuentan las crónicas que en todo el continente europeo se pudo leer el periódico durante la noche sin la ayuda de luz artificial, gracias a los resplandores que provenían de Siberia. El impacto medioambiental fue de tal calibre que, en el mes de agosto, el Observatorio de Monte Wilson, situado en el hemisferio Oeste, registró un decrecimiento en la transparencia del aire debido a la circulación de los productos liberados tras la explosión.

Primeras Investigaciones

Los medios de comunicación de la época reflejaron en sus portadas el acontecimiento, guiados por las opiniones de los científicos más prestigiosos del momento. La conclusión final de éstos es que un meteorito de peso aproximado al medio millón de toneladas colisionó con la Tierra, levantando una columna de fuego que arrasó millones de hectáreas de la selva subártica. La explicación satisfizo a los curiosos y el asunto Tunguska pasó a engrosar una nueva página de los archivos olvidados.

Tuvieron que pasar trece años para que el Gobierno ruso, con su máxima institución científica a la cabeza, la Academia Rusa de las Ciencias, encomendara a un nutrido grupo de expertos diferentes disciplinas, formar una expedición, bajo la tutela del profesor Leonid Kulik, para realizar estudios exhaustivos en el terreno del impacto, cuyas coordenadas habían sido descubiertas tiempo atrás con unos medios muy limitados pero con precisión milimétrica por el doctor Voznesensky, director del Observatorio Magnético y Meteorólogo de Irkutsk.
El primer punto de la investigación consistía en delimitar el tamaño del cráter dejado por el inmenso bólido espacial, para así conocer su volumen real. La sorpresa de los comisionados fue mayúscula al alcanzar la meta. El lugar aún mostraba los efectos de la explosión, pero, sin embargo, lo que debía ser una vasta extensión poblada por cadáveres de árboles y vegetación, mostraba un inesperado aspecto. El bosque que sobrevivió a la catástrofe había experimentado un crecimiento anormal y acelerado, y los árboles que nacieron después del 30 de junio de 1908 habían alcanzado un nivel de desarrollo inusual en comparación con otros de la misma edad situado en latitudes distantes. Además, en la zona en la que estaba situado el epicentro de la deflagración no aparecía cráter alguno ni restos del supuesto cuerpo espacial estrellado. Y si esto fuera poco, en el punto en cuestión, los árboles permanecían erguidos sin haber sufrido daños aparentes.

 (Leonid Kulik en 1927)

La ciencia no podía quedar sin respuesta, y las dudas que surgieron tras la primera visita a Tunguska fueron borradas de un plumazo con explicaciones carentes del necesario rigor. La inefable solución para el sorprendente panorama no se hizo esperar: una lluvia de pequeños proyectiles espaciales, generados por la destrucción de un meteorito de gran tamaño, provocó la diseminación de los restos del mismo en varios miles de kilómetros a la redonda, de tal modo que no quedaron pruebas patentes de la existencia de la masa original.
Ni las expediciones anteriores a la Segunda Guerra Mundial, comandadas por L.A Kulik ni las llevadas a cabo en los años siguientes a 1945, arrojaron resultados positivos. Jamás fueron encontrados vestigios del impacto o de la supuesta piedra extraterrestre, fuera ésta de hierro o no. 
Los trabajos de campo llevados a cabo en los años sesenta por los doctores Florensky, Plekhanov, Zolotov y Vassiyev se toparon con el mismo escollo. Sin embargo, pese que la búsqueda de materia alienígena en más de 10.000 kilómetros cuadrados no fructificó, sí pudieron percatarse de que se habían producido anomalías isotópicas en el área del impacto. Zolotov dio con una importante clave al poder argumentar que el objeto, fuera lo que fuera, estalló en la atmósfera.
Del mismo modo, al crecimiento anormal de los árboles se unía ahora el descubrimiento de mutaciones genéticas en los mismos, tanto en el núcleo como a lo largo de la trayectoria que siguió el misterioso artefacto.

¿Cuántos objetos sobrevolaron Tunguska?

El fenómeno Tunguska generó tal expectación que el paso de las décadas situó a los principales investigadores del suceso al frente de dos hipótesis enfrentadas entre sí. Por un lado se defendía la naturaleza asteroidal del coloso espacial, que al entrar en la atmósfera terrestre se desintegró, liberando una ola de energía que arrasó la meseta siberiana. Y, por otro lado, estaban los partícipes del carácter artificial del objeto, un ingenio que escondería en sus entrañas una carga nuclear de gran potencia.

Los datos volvieron a surgir en el año 1958, cuando la Academia Militar de Ciencias Rusa creó un nuevo grupo multidisciplinar a través del Comité para la Investigación de Meteoritos, con el firme propósito de desvelar de una vez por todas las génesis del objeto colisionado. Los miembros de esta nueva expedición, la primera después de la guerra, llegaron a la conclusión, tras realizar laboriosos estudios, que el cuerpo que explotó en el aire a más de seis kilómetros de altitud. De este modo quedaba descartada la posibilidad de que se tratara de un meteorito corriente. Además, la detonación fue causada por la energía interior del propio objeto, y no por la fricción con el oxígeno de la atmósfera más inferior. 
Finalmente, dieron por cerrado el informe asegurando que se produjeron al menos tres explosiones más, y a una altura inferior con respecto a la superficie. El elevado número de testimonios avalaba este hecho, y pronto salieron a la luz nuevos interrogantes: ¿Se trataba de un objeto o hubo varios? ¿Cuál era su naturaleza? Y quizás lo más importante: ¿De dónde procedía? La trayectoria que siguió al atravesar la taiga siberiana sirvió como referencia para establecer una nueva y aún si cabe más sorprendente hipótesis. 

Independientemente de que investigadores de reconocido prestigio determinaran el recorrido en las direcciones sur, sudeste y sudoeste, respectivamente, las pesquisas llevadas a cabo con un elevado número de testigos procedentes de la comarca de los ríos Angara y Nizhnaya Tunguska aportaron una mayor confusión al asunto. Los datos recopilados por N.V. Vasilyev, integrante de la Academia Rusa de las Ciencias Médicas y actual jefe de la Expedición Interdisciplinar Independiente de Tunguska, reflejaron que, en primer lugar, las imágenes del bólido avistado en Angara no coincidían con la que había de llevar el cuerpo que arrancó los árboles y calcinó gran parte del bosque. Por último, el artefacto número 1 sobrevoló Angara a primera hora de la mañana, mientras que el artefacto número 2 lo hizo entrada ya la tarde.

 
Así pues, y con los datos acumulados, emergía una amalgama de hipótesis en busca de la respuesta definitiva, la que daría con la clave de lo sucedido aquél 30 de Junio de 1908 en Siberia Central.

Fuente de Datos:
*¿Qué se estrelló en Tunguska? - Lorenzo Fernández Bueno

domingo

Los Alpinistas De Los Montes Urales

Los Montes Urales son una cadena montañosa que se considera la frontera natural entre Europa y los países Asia. Abarca los países de Rusia y Kazajstán. Su recorrido es 2.500 km. y su mayor altitud es de 1895 metros. Allí, y en concreto en el monte Otorten, tuvieron lugar en 1959 unos extraños y macabros acontecimientos, que aún hoy, 50 años después, siguen siendo un misterio.
(Montes Urales)

Comenzaba el mes de febrero de 1959, cuando un grupo de estudiantes, expertos aficionados al alpinismo, al mando de Igor Dyatlov, de 23 años, decidieron emprender una marcha hacia la base del monte, desconociendo por completo que tanto de trágico sería su final.

(Imagen del grupo completo)

Se trataba de diez estudiantes del Instituto Politécnico de los Urales, a cuyo centro debían enviar un telegrama cuando llegaran a la zona de Vizhai, una vez volvieran de regreso de la montaña, según los cálculos, sobre el 12 de febrero. Sin embargo ese telegrama nunca fue enviado.

(Los diez alpinistas)

Nada más emprender la marcha, uno de los componentes de la expedición, llamado Yudín, se sintió indispuesto, por lo que no pudo continuar la marcha con sus compañeros, quedándose para recuperarse en el último lugar de aprovisionamiento. Este hecho le salvaría la vida.

Aproximadamente sobre el 20 de febrero, familiares, amigos y profesorado de los expedicionistas comenzó a inquietarse ante la falta de noticias del grupo, por lo que se movilizó un equipo de rescate ante la posibilidad de que hubieran sufrido algún percance.

La policía, el ejército, y un grupo de profesores y alumnos se entregaron de lleno a la búsqueda de los desaparecidos, encontrando el día 26 de febrero el último campamento que los jóvenes habían establecido, según las investigaciones, el 2 de febrero sobre las cinco de la tarde.

(Dos detalles de como quedó el campamento)
Es espectáculo era dantesco: las tiendas estaban totalmente rajadas desde dentro, casi cubiertas por la nieve y sin nadie en su interior, aunque los objetos personales y la ropa de abrigo permanecían intactas.

Partiendo de las tiendas, y en línea recta, aparecían una serie de huellas que se hundían 90 cm. en la nieve, de unas ocho o nueve personas, lo que daba a entender que todos los estudiantes huyeron del campamento prácticamente desnudos, algunos incluso descalzos, llegando a una masa boscosa cercana. Las huellas desaparecían a unos 500 metros.

Los dos primeros cadáveres aparecieron en las lindes del bosque bajo un gran pino. No aparentaban signos de violencia y se encontraban solamente con la ropa interior. Tan sólo junto a ellos restos de una hoguera y ramas de pino partidas.

Unos metros más allá tres cuerpos más fueron encontrados con signos evidentes de haber intentando infructuosamente de volver al campamento.

Después de habérsele practicado la autopsia a los cinco cadáveres, no se arrojó luz sobre el asunto: habían muerto por hipotermia y no existía lesión externa alguna.

Dado los detalles escabrosos que presentaba el campamento, y la extrañeza de que fuera abandonado por sus moradores sin ropa, hizo que se pusiera en marcha una investigación para esclarecer lo sucedido, aunque el descubrimiento de los cuatro estudiantes que faltaban dio una visión totalmente distinta a lo ya descubierto.

Estos fueron encontrados tras una intensa búsqueda casi dos meses después, juntos y enterrados a 5 cm bajo la nieve, cerca de dónde se encontraron las otras víctimas.

El cráneo de uno de ellos estaba interiormente prácticamente destrozado, otros dos tenían varias costillas rotas, y el siguiente, una chica, le faltaba la lengua. A diferencia de los primeros cadáveres encontrados, estos estaban vestidos, aunque con la ropa de los primeros que aparecieron, dando lugar a la hipótesis de que tal vez se hubieran apropiado de las ropas de sus compañeros muertos antes que ellos.

La investigación posterior no llegó a nada concluyente y se dio por cerrada tres meses después, quedando el caso bajo secreto de sumario y prohibiéndose el acceso a la zona dónde habían ocurrido los hechos durante los tres años siguientes.

A partir de entonces, familiares y compañeros de los fallecidos crearon una organización, la Fundación Dytalov, que tras largas investigaciones descubrió importantes datos, aunque casi todos sin explicación y sin poder ser comprobados.

Se descartaron las primeras teorías que culpaban de las muertes a la tribu denominada Los Mansis, que habitaban en aquél lugar, cuyo motivo sería que los excursionistas habrían profanado algún lagar sagrado. Sin embargo, la montaña de Otorten no era considerada sagrada por dicha tribu, además, nunca se encontraron huellas distintas a las de los estudiantes en el lugar.

Expertos forenses explicaron la imposibilidad de que un ser humano pudiera provocar las graves heridas internas que presentaban los cuatro últimos cuerpos aparecidos, similares a las que se producen en los accidentes de tráfico a gran velocidad. Son lesiones que externamente no se aprecian, pero interiormente llevan de inmediato a la muerte a quién las sufre.

También se interrogó a militares y meteorólogos de aquella época, quienes coincidieron en afirmar que entre febrero y marzo de 1959, fueron observadas unas esferas brillantes por la zona. Igualmente se interrogó a unos excursionistas que acamparon a unos 50 km. de distancia de los fallecidos, que igualmente aseguraron haber visto esferas luminosas flotando en el cielo sobre las montañas de Otorten.

De aquí se llegó a la hipotética conclusión de tal vez una de aquellas esferas explosionara, provocando las lesiones internas que presentaban los cadáveres y explicando así el extraño bronceado que se apreciaba en ellos, aunque la prueba que más refuerza esta teoría es el hallazgo de altos niveles de radiación en la ropa de los jóvenes. Contrariamente a todo esto, nunca se encontró el más mínimo rastro de una explosión en la zona.

El secretismo por parte de militares respecto al caso, unido a la época en que se produjeron los acontecimientos, hace llegar a la posibilidad de que los jóvenes fueran víctimas de un experimento militar que acabó en desastre, ya fuera el lanzamiento de un misil o cualquier otra maniobra, pero no se conserva expediente alguno en las fuerzas armadas de que se hubiera producido experimento alguno en aquellas fechas.

Una última visita a la zona hizo que se descubrieran nuevas pruebas, como un extraño cementerio de metales retorcidos y de incógnita procedencia, trozos de tela parecida a una capa militar y un par de esquís completos.

La Fundación Dytalov, sigue investigando para esclarecer todo lo que hay oculto en el caso, e intenta que por parte del ejército se desclasifiquen documentos actualmente mantenidos en el más alto secreto, que puedan arrojar alguna luz sobre el asunto, y que así familiares y amigos puedan descansar con conocimiento de causa.

Fuentes:
Diario El País
Revista: Más Allá
Fundación Dytalov
Fotos: Diario El País, Revista Más Allá.

jueves

El Misterio De Las Catacumbas De Los Capuchinos

Las catacumbas de los Capuchinos en Palermo, Sicilia (Italia), alberga uno de los museos más escalofriantes y singulares del mundo. Las catacumbas datan de 1599 cuando se enterró por primera vez a un monje con fama de santo para que fuera rezado y visitado, el Hermano Silvestro de Gubio. Así descubrieron los monjes las especiales condiciones climáticas que reunían las catacumbas. Poco a poco esto fue convirtiéndose en una tradición local, al punto de que muchos dejaban instrucciones en su testamento respecto a las ropas que lucirían después de muertos e incluso las que deberían ponerle pasado un tiempo. Así se fueron reuniendo aproximadamente un total de 8.000 cadáveres que se exponen como si de una galería de la muerte se tratase. Muchos fueron embalsamados con diferentes métodos.

Están expuestos en hileras clasificados en Hombres, Mujeres, Niños, Vírgenes, Monjes y Profesionales. En el pasillo de los profesionales podemos encontrar jueces, profesores, militares algunos incluso enterrados con sus ropas militares estilo napoleónico.

Muchos de los cuerpos han sufrido deformaciones por el paso del tiempo o han perdido algunos de sus miembros. Destaca por el estado de conservación el cuerpo de la pequeña Rosalía Lombardo una niña de 2 años que parece más bien dormida. El cuerpo fue momificado en 1920, por el doctor Solafia, mediante inyección de compuestos químicos pero hasta el día de hoy se desconoce la fórmula, pues se llevó su secreto a la tumba. Este fue uno de los últimos cuerpos que se depositaron en las catacumbas de Palermo que actualmente se pueden visitar mañana y tarde.
En Palermo, hasta el s. XVII, siguieron la costumbre de los franciscanos del culto a los muertos teniendo sepulturas exclusivas para los hermanos, no aceptando que fueran enterrados los particulares. Esta idea cambió a principios del s. XVII debido al traslado de los conventos a la periferia de la ciudad, donde tenían que construir capillas a expensas de algún benefactor que a veces les cedía un edificio con la condición de que a su muerte fueran enterrados en ellos, reservándose así el derecho de sepultura. Por un Decreto de la Santa Sede de 1637 se concedió permiso a los capuchinos para enterrar en sus cementerios a extraños de la Orden. Así se cumplía el deseo de los fieles de reposar cerca de las reliquias de los santos y en la Iglesia pensando que así estarían también más cerca de la oración y en lugar santo.

Las actuales catacumbas, que han dado fama a la Iglesia y Convento de Capuchinos de Palermo, proceden del año 1599, cuando los frailes comenzaron a excavarlas y ampliarlas bajo el altar mayor por varios motivos: primero porque el lugar primitivo resultaba ya insuficiente y segundo porque decidieron trasladar los restos de los hermanos allí enterrados para dejar un lugar vacío que, debidamente acondicionado, sería utilizado como refugio u hospital para los viajeros que llegaban a Palermo de noche y no podían entrar en la ciudad cuyas puertas se cerraban herméticamente. Así, la primitiva cripta se transformó en hostería y hospital o refugio de viandantes.

Pero la gran sorpresa para los padres capuchinos fue que al ir a retirar los restos óseos de los enterrados para trasladarlos a las nuevas sepulturas de la catacumba, hallaron que los cuerpos de 40 de ellos se conservaban con la carne flexible aunque momificada, como si hiciese poco tiempo que hubiesen muerto.
Esto fue a causa de la sequedad del terreno y las corrientes de aire. Pero además, los hermanos capuchinos desarrollaron una serie de técnicas especiales de embalsamamiento que les permitían conservar los cuerpos en buenas condiciones, evitando la putrefacción.
Estos cuerpos habían sido enterrados siguiendo su costumbre, sin caja, directamente en la tierra, como los musulmanes, en nichos excavados en las paredes. Trasladaron los cuerpos a sus nuevos refugios y, a medida que hacía falta, iban excavando nuevas galerías subterráneas así como nichos en sus muros donde colocaban los cuerpos de los frailes fallecidos.
El estado de conservación de los cadáveres era impresionante, en gran medida por las especiales condiciones del terreno, y en otra por la gran pericia adquirida por los hermanos capuchinos a través de muchos años de práctica. Hay información de que los cuerpos eran colocados para su conservación en un baño de arsénico o de cal, siendo esta última utilizada más en épocas de epidemias. Es sabido que los cadáveres de los individuos muertos por envenenamiento por arsénico se conservan muy bien ya que este producto es un elemento que evita la corrupción de los cuerpos. Los capuchinos sabían esto sin duda y por eso utilizaron esta técnica, al menos en algunas ocasiones. En otros casos se practicó el embalsamamiento con diversos fármacos, inyecciones, que tenía como base la fórmula secreta inventada por el Dr. Solafia. El método más común utilizado fue el de deshidratar los cuerpos dejándolos a lo largo de los pasillos en pequeñas celdas llamadas "coladores".Los cuerpos eran secados en las celdas durante ocho meses, hasta que eran sacados y lavados con vinagre antes de ser expuestos.De 1866 a 1897, los capuchinos fueron expulsados por los decretos de exclaustración quedando las catacumbas bajo la custodia del Ayuntamiento de Palermo. Durante este periodo de tiempo, los cuerpos, al no ser cuidados debidamente, se deterioraron bastante. Esto significa que los frailes cuidaban constantemente de los cuerpos, y que las momias debían ser vigiladas. En 1897, regresaron los capuchinos y comenzaron a restaurar los daños sufridos por los subterráneos y por las momias. Algunos de los cuerpos fueron envueltos en telas de saco llenas de paja, lo que ayudó a su desecación y eliminación de la humedad y hongos que habían aparecido. También durante la Segunda Guerra Mundial hubo daños causados por el incendio de algunas bóvedas, a causa de los cuales algunos cadáveres sufrieron la acción del fuego. En 1966 hubo otro incendio que no tuvo mayores consecuencias y más tarde debido a los trabajos de pavimentación de las calles vecinas, aparecieron filtraciones de agua.

A partir de ese año se colocaron redes metálicas de protección para evitar que los visitantes de las catacumbas tocasen los cuerpos, ya que habían observado que algunos habían sido de alguna forma deteriorados por la curiosidad de la gente. Construyeron pequeños altares en las conjunciones de las galerías y también se pusieron algunas esculturas.
Estas catacumbas aun en día pueden ser visitadas y sin duda son uno de los lugares más escalofriantes que se pueden encontrar pues la mayoría de las veces las momias se encuentran al alcance de la mano y la muerte se puede sentir.

Fuente:
http://members.tripod.com/~Motomom/index-3.html


sábado

A La Hora De Expirar

Son muchos los moribundos que afirman en sus últimos momentos de vida estar viendo a personas que vienen, desde el otro "lado", a recibirles y a ayudarles al tránsito.

Familiares fallecidos antaño, personajes bíblicos, santos y ángeles, niños de luz, seres luminosos de límites indefinibles y rasgos desdibujados, dependiendo de la experiencia individual de cada persona agonizante. Suelen verlos sobre todo aquellas personas que sufren una agonía bien por enfermedad o trauma mortal, independientemente de su estado psíquico. No jugando un factor decisivo en este caso la memoria, senilidad o cualquier tipo de deficiencia física y mental.
La experiencia, que podría ser fruto de su propia necesidad de tener esperanza en continuar su vida "al otro lado", es muy generalizada socialmente, sin importar la edad del próximo al óbito o la raza e incluso al margen de sus creencias. Según la opinión de gran parte de los componentes de la actual psiquiatría podrían ser alucinaciones provocadas por endorfinas o drogas hormonales naturales que ante la circunstancia segrega el individuo que vive el trauma mortal (igual que se segregan ante momentos de terror agudo), o bien irrealidades o espejismos provocados por la carencia de oxígeno en esos momentos.
Aunque no negamos está posibilidad del todo por factible en la mayoría de los casos, y por analíticamente fácil de detectar (aunque no ha llegado a demostrarse estos índices de hormonas por encima de la normalidad), lo cierto es que nos mostramos sorprendidos por esos pequeños detalles que genera la extrapolación y la comparación de todos los testimonios No es comprensible una explicación tan prosaica por el hecho de que estos momentos alucinatorios pueden llegar a ser compartidos por los acompañantes del moribundo, por ejemplo.
Tampoco es tan fácil explicar por qué es tan detallada la descripción de esas entidades, en las que a veces se describen personas que no se conocen y los familiares con el tiempo llegarán a encontrar datos, en los que en ningún modo pudo haber cometido fraude el moribundo ni con la ayuda de fantasía.
Pero los detalles más significativos los dan los vivos que están cerca en el momento de los hechos. Todos hablan de que anecdóticamente existe una posición visual del enfermo terminal respecto a las entidades, a las que observa con detenimiento como a los presentes, usando sus pupilas como con el resto. Es decir que existe un abrir y cerrar del diafragma lo que indica que se esta mirando un objetivo concreto y real... a esto se aúna que muchos enfermos que han mantenido temporalmente una perdida de conciencia, recuperan la razón justo para vivir con cordura esta experiencia .
El hecho de que observen puntos concretos de las estancias introducen la lógica de que lo que están mirando efectivamente esté fuera de ellos. Cuando una persona hace uso de la memoria durante un proceso intelectual o de comunicación las pupilas tienden a movilizarse hacia el lado inferior izquierdo o derecho dependiendo la capacidad emocional o lógica del recuerdo que se esfuerzan en reconstruir...y esto no sucede. También ocurre que si fuera invención, la mirada tiende mientras usa el proceso de ficción o ensoñación a mirar hacia arriba izquierda o derecha respectivamente dependiendo de un recuerdo lógico o emocional. Ellos miran un punto concreto y fijan sus miradas en apenas unos metros de distancia de donde estén. Casi siempre se sitúan en horizontal a la medida del próximo difunto, muy cerca de las puertas o ventanas de la estancia. En la mayoría de casos se ubican en la altura de sus pies, nunca por encima de su cabeza...justo en el lugar donde la mayoría de personas que practican viaje astral suelen empezar a notar el desdoblamiento.
Es curioso también en estos momentos las necesidades de los moribundos, los hay, por ejemplo, que necesitan tocar con sus pies un trozo de mármol o tochana. Antiguamente se les llamaba los hijos/as del Carmen. Eran personas cuya agonía se prolongaba dolorosamente y que no sabemos si por fe o superstición dejaban de tener miedo o de luchar en el momento en que tocaban piedra, cambiando la expresión de su cara. En esos momentos decían las ancianas (hoy en nuestros fríos hospitales es más difícil observar estos detalles) que empezaban a hablar de gente que venía a por ellos e iniciaban el tránsito "al más allá" acompañados por los "recibidores" (sean endorfinas o ángeles).






La tragedia del vuelo 401



El trirreactor Whisperline L-1011 (versión 318) fue fabricado por la empresa Lockheed, e identificado como el Vuelo 401. Con menos de 1.000 horas de vuelo en su historia su confort superaba al de los Jumbos 747 y al de los Douglas DC-10.
En la noche del 29 de diciembre de 1.972, y con destino a Miami, partió del aeropuerto internacional John F. Kennedy en Nueva York comandado por un experimentado piloto, Bob Loft, y auxiliado por el primer oficial Albert Stocckstill y Don Repo, con 163 pasajeros a bordo, que junto con los 13 tripulantes hacen un total de 176 personas. El vuelo transcurrió sin incidencias hasta que llegaron a Miami. Allí, y en el momento de aterrizar comprueban no sin preocupación que parte del tren de aterrizaje no responde. Puestos en contacto con el control se les ordena que sobrevuelen el aeropuerto a 2.000 pies de altura mientras se delibera la solución más idónea. La tensión dentro de la nave era inmensa y en un determinado momento, y antes de que la torre de control les emitiera una solución, el Whisperline L-1011 se precipita vertiginosamente desde la altura cayendo en la zona pantanosa de Los Everglades. Solamente sobrevivieron 77 personas de las 176 que componían el paisaje. Entre los fallecidos se encontraban El comandante Bob Loft y su primer oficial Albert Stocckstill. Don Repo fue rescatado con vida pero desgraciadamente y un día después fallecía.

Todo podría haber terminado como un trágico acontecimiento más en el mundo aeronáutico, sin embargo no ha sido así: A partir de ese momento episodios inexplicables comienzan a suceder a tripulantes y pasajeros de la línea Eastern en el trayecto Nueva York-Miami: numerosos testigos afirman haber visto a Don Repo y a bob Loft formando parte del pasaje. Inmediatamente la compañía se dispuso a negar y ocultar los misterios que se estaban sucediendo, llegando al extremo de prohibir a su personal cualquier tipo de comentarios relacionados con los hechos. Sin embargo no logró conseguirlo del todo puesto que algunos acontecimientos se filtraron al público, siendo de esta forma que llegó a oídos del investigador John Fuller, quien inmediatamente se interesó por lo que realmente estaba ocurriendo.
Después de investigar e interrogar a posibles testigos llegó a la conclusión de lo siguiente:
No cabía ninguna duda sobre las extrañas apariciones que fueron catalogadas de fenómenos paranormales. Aparecen en forma de espectros que se ven flotando sobre las alas de los aviones, también como nubes fantasmagóricas y en algunos casos surgen voces “de ninguna parte”, dando desde enigmáticos mensajes, hasta precisas órdenes y recomendaciones técnicas para evitar catástrofes.
Entre algunos informes recogidos por Fuller se destacan los siguientes casos:
En marzo de 1973 las azafatas Denisse Woodfrud y Ginny Packard trabajando en un mismo vuelo de la empresa Eastern, desde Nueva York, con destino a Miami, ven por separado la “presencia de un ser” incorpóreo, pero que a su vez significaba un obstáculo para su movimiento dentro de la cocina del avión; para (más tarde) surgir de una pequeña nubosidad el rostro claramente identificable de Don Repo.
En el mismo año, precisamente en el mes de septiembre, una azafata al prepararse para despegar desde Nueva York (por supuesto, con destino a Miami), observa que hay un pasajero de más que no figura en la lista, sentado en primera clase, vestido con uniforme de comandante de la empresa. Al inquirirle sobre por que no figura en la lista de pasajeros y quien es y no recibir respuestas, llama a una compañera, que tampoco tiene éxito.
Llamado el comandante de la nave ante la imposibilidad de solucionar el incidente, éste queda asombrado al reconocer en el intruso al desaparecido Bob Loft, quien para asombro de todos se desmaterializa ante sus ojos.
En Febrero de 1974 Don Repo se manifestó primero a dos azafatas y luego al ingeniero de vuelo, para alertar posteriormente sobre el posible peligro que corría la nave. Más tarde se materializa su rostro en la cabina de mando y la tripulación oye claramente su voz que dice :”Prestad mucha atención porque hay peligro de incendio”. Y efectivamente cuando el avión llega a Miami uno de los motores no responde y la nave se incendia en el momento de tocar pista. Afortunadamente un sistema operativo que ya estaba preparado ante la petición de socorro del comandante (gracias a la aparición de Repo) evitó que todo terminara en catástrofe.
John Fuller, luego de años de investigación y de recoger testimonios, logró que la empresa aérea reconociera los hechos y llegó a las siguientes conclusiones:

1) Los hechos suceden siempre en aviones L-1011 de la empresa Eastern Airlines, incluso en aviones que esta compañía ha alquilado a otras líneas.

2) En la mayoría de los casos, los aviones en los que se han manifestado las apariciones, llevaban piezas recuperadas del trágico Vuelo 401.

3) Siempre ocurren en la ruta Nueva York-Miami.

Según parece el fenómeno forma parte de lo llamado Psicometría, donde “las apariciones acuden allí donde hay un objeto o conjunto de los mismos que les resulten familiares”.

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